Este no es mi bombín

Este no es mi bombín

Jon Klassen: Este no es mi bombín. Traducción: Paz Gil Soto. Santander: Milrazones, 2012.

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Un pequeño pez, pícaro y descarado, roba un bombín a un pez grande pensando que no lo necesita o no se dará cuenta, o simplemente que a él le queda mejor. Al menos eso es lo que él mismo se dice para no despertar su mala conciencia. Su intención es huir a un bosque de algas para no ser descubierto. Pero,¿realmente no se habrá dado cuenta el pez grande? El pececillo está convencido de que se saldrá con la suya, ¿será así?

Para descubrirlo hay que adentrarse en la historia creada por Jon Klassen. Tras ese argumento, un relato de egoísmo y un interesante juego de apariencias. No se trata de una historia más sobre el egoísmo infantil, ni un relato más a partir de una fábula protagonizada por animales. No es fácil encontrar obras que aborden el tema desde una perspectiva diferente, haciendo un planteamiento original y huyendo de tintes moralizantes tan explícitos que en muchas ocasiones generan rechazo. Este no es mi bombín contiene aires refrescantes y una gran sutileza, reuniendo una serie de características que hacen de ella una obra diferente, muy inteligente y de gran calidad, lo cual la hizo merecedora de la prestigiosa Medalla Caldecott en 2013.

La historia de Klassen resulta extraordinariamente atrayente, interesante, muy rica en matices. Con muy pocos elementos (tres personajes, un texto muy breve y unas ilustraciones muy sencillas que recuerdan a veces el estilo de Leo Lionni), el autor canadiense construye un relato cargado de ironía, humor y dobles significados; recrea un viaje, más bien una decidida huida, y una inesperada, y lógica, persecución, hecho que conlleva un movimiento que puede palparse en cada página gracias al manejo de un gran plano general con focalizaciones en diferentes detalles, una influencia de las técnicas de animación, del lenguaje audiovisual al que el autor está muy vinculado. Tampoco el formato apaisado del libro es casual. Eso permite recrear más fácilmente ese plano general, esa sensación de movimiento y de persecución constante, o jugar con los diferentes detalles que van apareciendo o desapareciendo de la ilustración en unas páginas muy cercanas a lo que pudiera ser el diseño, perfectamente acabado, de un corto de animación.

A esto hay que unir otro de los puntos fuertes del libro: la plasmación de dos puntos de vista que dan lugar a dos historias paralelas narradas con  códigos diferentes, el visual y el escrito. El texto (un acierto que no invada las imágenes, encontrándose espacialmente diferenciado), muy breve, son los pensamientos del pez pequeño en su huida, el cual vive una realidad muy diferente a lo que está sucediendo realmente. Las ilustraciones, un gran plano negro que se va abriendo en una bonita recreación del fondo marino en tonos pastel, hacen referencia a ese “fuera de cámara”, aquello que el pececillo no puede ver pero el lector sí, lo cual le hace presagiar que la historia no acabará como el pícaro pez cree, una información compartida entre el autor y el lector fácilmente descifrable por los lectores más pequeños, ya que el libro resulta muy visual y aquello que es narrado con voz entra en llamativa contradicción con las imágenes en las que los pequeños detalles, especialmente las miradas, juegan un papel muy importante. El resultado es una sabia combinación, unos juegos muy ricos entre lo que se ve y lo que se lee que enriquecen grandiosamente el libro en otro de los aspectos más reseñables: el humor y la ironía presente casi desde el principio. No podremos evitar que se nos escape un ¡oh-oh! cuando veamos al pez grande abrir su ojo y darse cuenta de que no tiene su sombrero o que se nos escape una sonrisa ante la pinza delatora del cangrejo mientras leemos un texto que nos habla de la inocente despreocupación del pececillo.

Más allá de los aspectos formales que los adultos podamos valorar, Este no es mi bombín entusiasmará a los más pequeños (y también a los que ya no lo son tanto- a veces no es fácil encuadrar un libro en una franja de edad; pongamos a partir de 3 años); un buen libro en el que los niños interactuarán con unos personajes donde no está claro quién es el que se lleva las mayores simpatías; calidad no reservada exclusivamente a ese público adulto que disfruta de los álbumes ilustrados; una obra extraordinaria que conectará fácilmente con el público infantil.

Jon Klassen, un autor al que conviene seguirle la pista.