Sentimento

Sentimento

Carl Norac (texto) y Rébk Dautremer (ilustración): Sentimento. Zaragoza: Edelvives, 2010. Traducción: P. Rozarena

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Una niña asoma tímidamente a una portada en la que, por poco que estemos familiarizados con la ilustración infantil actual, podremos reconocer el característico trazo de Rebecca Dautremer (Nat y el secreto de Eleonora, Princesas olvidadas o desconocidas, Cyrano, Enamorados, Babayaga o la Alicia en el país de las maravillas editada por Edelvives en 2011). Calidez, timidez y una limpia mirada abren paso a una historia dura cuyas primeras páginas recuerdan al Pinocho más dulcificado, algo de lo que se va alejando conforme avanza la historia, para finalmente compartir el trágico final de la versión original de Carlo Collodi, para nada pensada como una obra de literatura infantil.

Leer Sentimento no deja indiferente. Casi me atrevería a decir que no es apto para coranzoncitos especialmente sensibles. Tampoco dejará indiferente al lector adulto pues estamos poco habituados a que libros infantiles estén envueltos en tanta tristeza y refleje la crueldad a la que puede llegar el ser humano, algo que ni siquiera un final lleno de ternura consigue hacer olvidar.

Sentimento nos habla de soledades, de prejuicios, de rechazo y de la necesidad de calor y cariño de todo ser humano. En su deseo de no estar solo, el señor Stein fabrica marionetas, unos muñecos que no enseña a nadie y que por arte de magia cobran vida, no con mucho éxito. Primero construyó una muñeca a la que puso por corazón dos piedrecitas. Sólo que cuando cobró vida, las piedras soltaron una chispa y se quemó. Más tarde construyó un perro. Como no paraba de ladrar tuvo que destruirlo. Hizo también un pájaro que voló lejos y no volvió. Así que decidió construir una marioneta que fuese igual que él para que se quisieran como hermanos y no lo dejara solo, un muñeco perfecto. Y esta vez su obra cobró vida antes de que estuviera acabado, lo cual generó el rechazo del constructor, pues en nada se parecía a él y sí a un monstruo, al menos para él. De nada valían las ansias de agradar de la marioneta, ni su voz dulce ni sus palabras cargadas de emoción. Ante todo aquello, su creador respondía con indiferencia y con palabras hirientes. Así que el muñeco se marchó. Pero su historia de rechazo no termina en aquella casa. Sentimento, nombre que adopta de la primera palabra que ve en la calle, el nombre de un circo, soportará insultos y agresiones, y tendrá que huir en repetidas ocasiones. Sólo Selma, una niña muy especial y en cierto modo diferente, como él, le reconforta. Su contagiosa alegría y su inocencia le devuelven la sonrisa y su deseo de sentir el calor de una familia y de un hogar, algo que le llevará a su propia destrucción.

La historia, aunque triste, es una buena oportunidad para trabajar valores y la empatía, y una magnífica ocasión para disfrutar del trabajo de su ilustradora, Rebecca Dautremer. Se trata de un libro muy cuidado estéticamente con la singular sensibilidad de esta autora plasmada en cada página. Aunque el relato es lo suficientemente conmovedor de por sí, sus ilustraciones crean una atmósfera muy especial, donde frialdad y calidez se conjugan a la perfección, un juego de sensaciones presente a lo largo de todo el libro, ahondando en un sentimiento sobrecogedor en el lector.

Como no podía ser de otra forma, un relato así debe contener algún detalle que reconforte al lector, sobre todo cuando es un álbum dirigido al público infantil. En este caso es un objeto material el que mitiga un final desesperanzador. Es Selma la que cierra la historia; como cuando muere un ser querido y nos aferramos a sus cosas materiales en un intento de retener en ellas su esencia,  la imagen de la niña atrapando el chal de Sentimento es su forma de mantener vivo el recuerdo de su amigo, de dejar atrás la frialdad y de conseguir el ansiado calor, también ella.