La niña de rojo

Roberto Innocenti (historia e ilustración), Aaron Frisch (autor): La niña de rojo. Sevilla: Kalandraka, 2013. 32 pp.

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Hace tiempo comentaba con una amiga que había visto una ilustración muy cruda (no la describiré), y que el hecho de ser una ilustración generaba cierta distancia entre ella y el que la miraba, como estilizando la escena representada, de modo que así resultaba menos violenta. El filtro del arte reducía el impacto de la crudeza, añadiendo otros significados. Le comenté también que, al minuto de estar mirando la ilustración, me di cuenta de que no era una ilustración, sino una fotografía; y, al hacerlo, se me cayó literalmente de las manos mientras mi cabeza reaccionaba instintivamente alejándose.

Salvando las distancias, este increíble álbum de Innocenti y el malogrado Frisch es a la vez ilustración y fotografía, si se entiende lo que quiero decir. Seguramente es una de las versiones mejor actualizadas del cuento de Caperucita Roja, y por fin una que no está edulcorada, recuperando así (pensamos con Babar) la intención que tuvo como relato tradicional.

Miremos una doble página:

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Sofía, la niña de rojo, atraviesa un bosque. Es un bosque urbano, claro, el equivalente actual perfecto de lo que connotaría un bosque, en las noches de hoguera de hace siglos, en el norte de Europa. Es también un bosque de símbolos, y la mayoría de esos símbolos mandan un mensaje de peligro: solo en la imagen de la izquierda: la señal de calle sin salida, la palabra «help», la interrogación, los ojos y colmillos de un monstruo, el dibujo de la horca en un muro, la calavera con las tibias, el escorpión en el chaleco del motorista.

Innocenti no tiene «pelos en el lápiz» y tiene poco de «innocente». Nos muestra situaciones crudas y sórdidas en este libro, así como en otros anteriores. Logra aturdirnos aquí con los grafittis, la basura constante, los carteles publicitarios y letreros, las marcas en la ropa, las inquisitivas miradas observando. Adivinamos tal vez también esta mirada al fondo del callejón, en un rostro primitivo que hubiera entusiasmado a Brassaï.

Llegamos en las imágenes siguientes al acorralamiento. No, no se encuentra con un lobo como el del cuento, aquí hay una novedad importante: son varios chacales. A su terrible indumentaria y sus gestos amenazadores se une la valla alambrada y la lluvia que cae con más fuerza. La situación se ha complicado para Sofía. Pero aparece un salvador en la imagen siguiente. Su presencia y un oportuno rayo espantan a los chacales. Sofía aún está asustada. El salvador se presenta. En el texto se le llama «cazador»… los actantes de la historia de Caperucita se nos mezclan para engañarnos, porque en un tratamiento posmoderno de la historia nada puede ser obvio. El cazador, se dice, muestra al sonreír unos «dientes tan grandes». Oh, pero «es oscuro y fuerte, y llega en el momento oportuno». Sofía, que no ha prestado a las señales de peligro que la advertían de lo que podía ocurrir, tampoco advierte esta amenaza. En la magnífica ilustración de la derecha la vemos cediendo a la tentación, a la seducción viril de la que quiso prevenir Perrault a las jovencitas.

Comprobamos con esto que la narrativa visual y verbal está tratada con inteligencia, y bien imbricadas la una en la otra. Se podría decir mucho más; por ejemplo, sobre ese cartel de ¿Berlusconi? que es solo uno de los tantos ejemplos de agresiva publicidad del libro (especialmente agresiva en lo que se refiere al modelo de mujer… de nuevo una advertencia a Caperucita). Cada página está llena de detalles, incitando a la diversión de observar con detenimiento lo que sucede en cada ángulo del encuadre, encontrando muchas historias más incoadas en cada centímetro cuadrado. Y hace uso (¡bien!) de la elipsis, contando con que el lector puede ser inteligente, y ver las luces del coche de policía antes de que se nos diga nada sobre aquello.

¡Ay!, juguetes violentos por todas partes. Y balas, cuchillos por el suelo, perros que rugen, amenazas. Es un libro que hay que leer, digerir, releer, digerir, etc. Es decir: rumiar (en el buen sentido). Nos pone Innocenti frente a frente con la realidad urbana en toda su maldad. Estiliza y construye una magnífica adaptación de esta historia siempre nueva. Muestra y presenta como una fotografía lo peor de nuestro modo de vida. Es que es Premio Andersen de ilustración.