Lección de pesca

Heinrich Böll (autor) y Émile Bravo (ilustrador): Lección de pesca. Madrid: Dibbuks, 2013. 36 pp.

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Todos hemos recibido en algún momento un correo elctrónico con un texto absurdo o empalagoso diciendo que lo había escrito Gabriel García Márquez. Es el prestigio del nombre de un autor consagrado el que justifica esas mentirijillas. Pero hay un prestigio aún mayor, y es el olvido del nombre. El que un texto sea tan bueno que no importe quién lo haya escrito, sino que se justifique por sí mismo. Cuando un autor se convierte en anónimo ha logrado el mayor reconocimiento para su obra. Precisamente es lo que ha ocurrido con la historia de Lección de pesca. Casi todos la habremos oído o leído circulando por Internet, atribuyéndola a Confucio o diciendo que es una leyenda tradicional vietnamita o incluso de los círculos empresariales del MIT/Harvard. Pero la realidad es bien otra: la escribió el Premio Nobel Heinrich Böll en 1963, con el título original de «Anécdota sobre la reducción de la productividad». La historia era tan breve y buena que se popularizó y luego se tradicionalizó, viviendo hoy en múltiples variantes.

Queridos niños: este libro se escribió hace más de 50 años… ¡y nos sigue hablando al oído como si se hubiera escrito ayer!

La expresión «literatura con valores» (y la palabra «valores» en sí, realmente) ha sido secuestrada por un sector ideológico de la sociedad, de modo que decir que Lección de pesca es literatura para la educación en valores les puede sonar chocante a algunos de ustedes. Pero lo es. Sin duda el mensaje que transmite contiene valores necesariísimos para las generaciones del futuro. No valores capitalistas, claro (el capitalista, como un personaje del libro, se va a poner muy nervioso si lee esta «lección de pesca»), tampoco valores de etnocentrismo occidental, ni valores de «emprendimiento» (ojo al currículum).

Sí, sí, vayamos al grano. Les desvelaré el argumento: Lección de pesca cuenta la historia de un pescador que está descansando después de haber salido a faenar un poco. Llega un turista y le propone que salga otra vez, para ganar más dinero y poder mejorar económicamente. Año tras año, si se esfuerza y se centra en el trabajo, logrará incluso una flota propia, una fábrica, un restaurante… El propio afán del turista explicándole las bondades del dinero y del medro se convierte en algo absurdo cuando termina por decirle que el fin de todo eso es poder sentarse en la barca a descansar junto al mar. ¡Justo lo que el pescador estaba haciendo cuando el turista vino a molestarle!

La fábula de esta historia desvela, niños míos, la falacia que sustenta el mito del crecimiento económico. Sí, eso en lo que insisten tanto en los telediarios sobre que hay que crecer y seguir creciendo como países, y producir y producir y producir. ¡Por favor, hijos míos (si os puedo llamar así): leed el librito de Heinrich Böll para estar prevenidos! En lugar de la obsesión por la productividad, el pescador de esta historia encuentra su felicidad en la paz del descanso tras el trabajo justo. Lanza un canto al «derecho a la pereza», que desde Lafargue y Thoreau muchos filósofos han venido presentando, en diversas formas, hasta el día de hoy. Una idea tan revolucionaria como esperanzadora.

El texto de Böll se publica en formato de cómic, con ilustraciones inteligentes de Émile Bravo (un gran dibujante de línea clara a lo Hergé), que añaden detalles geniales como la reacción de los niños desde el puerto y el estado anímico de los animales marinos ante la propuesta del turista ¡de que el pescador los capture a todos!  Y la imagen del pescador barbudo, junto a su pensamiento, quedará para la memoria a la altura de los bustos grecolatinos de Platón, Aristóteles o Séneca.

Es este un libro que no debería faltar en una buena biblioteca para la infancia. Si pescan el sentido, párense a disfrutarlo.