Piara

Mónica Rodríguez: Piara. Ilustr. de Patricia Metola. Madrid: Narval, 2016. 99 pp.

Una historia de alegrías, de penas, de amor y de aprendizaje infantil a la que le daríamos los mejores premios. Bien es cierto que esto es fácil decirlo porque nosotros no damos premios (ni los mejores ni los peores, aunque todo se andará, ¿quién sabe?), pero es uno de los libros más recomendables que hemos leído últimamente. Y saben ustedes que nuestro juicio no tiende a ser complaciente.

Desde la primera página nos encontramos una historia hecha de otra manera, con otros mimbres y con otro aspecto. Nos llega un estilo elegante, por momentos lírico, con una prosa magistral (y es magistral, no solo con oficio) que la sitúa al nivel de muchos clásicos de la LIJ. Un lenguaje así nos transporta a la atmósfera que quiere lograr la autora: el mundo sereno, realista y mágico a la vez, de la niña que observa el mundo a su alrededor y con perspicacia y carácter se aventura a descubrirlo.

Las jaras y el romero y la hierba bajo mis pies. El cielo se enzarzaba en los últimos alcornoques como si se fuera a acabar, pero no se acababa nunca y era azul (p. 19).

Ángela vive en el pueblo y su vida son una piara de cerdos, la dehesa, sus padres y sus tíos, su felicidad simple y sin trabas. Y de pronto, un niño, Pedro, el hijo de Agustín, de su edad, lechuguino urbano al que le acabarán uniendo confidencias y descubrimientos.

El libro está narrado en primera persona, revelando de un modo introspectivo el mundo interior de Ángela y su intrépido carácter. Van apareciendo sensaciones nuevas en ella, y sentimientos que manan sin permiso. ¿Qué hacer con ellos? La prosa no es frenética como en muchos de esos libros infantiles superficiales que parecen decirnos: “¡escribí esto obsesionado con que enganche desde la primera página y se te acabe el libro entre las manos sin que te des cuenta!”. No, Mónica Rodríguez no quiere que el libro desaparezca en un suspiro: viene a quedarse, quiere que se paladee cada escena en la lengua y la imaginación, y viene a pedirnos una lectura de reposo. No es rápida, pero sí es ágil. La acción interna se equilibra con la externa y vamos asistiendo a diversos sucesos que estamparán su huella en los niños.

El libro no se deja embaucar por la ñoñería complaciente de gran parte de la literatura infantil actual, y se atreve desde la primera página con ciertos tabúes. Leemos fascinantes escenas con niños bañándose desnudos en el río, la muerte de un caballo, la descripción del parto de un animal, adultos fumando… La vida; la vida y la muerte; o, en palabras de la propia autora:

sintiendo de una manera confusa que la vida es cruel y también hermosa (p. 99).

Nos ha gustado que reivindique la sabiduría rural, que reivindique incluso ¡a los cerdos!, ese animal noble. Pero lo mejor, a nuestro juicio, es esa intuición para captar la mirada infantil sobre el mundo adulto, el pensamiento mágico de querer “curarles el virus de la tristeza” a los mayores por medio de infusiones de raíces, o la sensación de absurdo al observar los retorcidos caminos que a menudo siguen algunas de nuestras conductas adultas.

Las muchas ilustraciones tienen un enorme atractivo (es nuestra voz adulta la que dice esto). Nos han fascinado la concepción expresionista de algunas imágenes, imágenes de alcance pictórico, las figuras humanas que recuerdan a Matisse, el equilibrio y la elegancia de las composiciones, las diferentes técnicas en unas y otras. Metola prosigue y mejora el estilo que habíamos visto en otros libros suyos. Aunque para ser justos (ahora habla nuestra voz de niño), son ilustraciones que superan la capacidad media de fascinación infantil, y pueden resultar demasiado oscuras, demasiado sobrias o demasiado inquietantes para la mayoría. Pero para afirmar esto nos falta evidencia empírica.

Es un libro magnífico. Hay realidad y verdad en cada página. Hay magia, ensoñación y humor sereno. Personalmente, hacía tiempo que no leíamos una novela infantil tan buena.