El último gato birmano

Rosa Moya: El último gato birmano. Barcelona: Casals (Bambú), 2016. 240 pp. Ilustraciones de Luciano Lozano.

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Un niño llamado Charlie Parker rescata un gato que tenía secuestrado su vecina. Resulta que el gato, Hsaya, es un legendario gato birmano, un gato sagrado con poderes increíbles. Y la vecina, que es una señora malísima aunque no lo parece, lo había traído a la fuerza desde Birmania para poder llevar a cabo sus terroríficos planes de conquistar el mundo. El valor y la decisión de Charlie frustrarán estos planes y el gato volverá con sus legítimos dueños, los sacerdotes de un templo budista birmano.

Este es, a grandes rasgos, el argumento de la novela. En el detalle surgen persecuciones, resurrecciones de antepasados (ya decimos que los poderes del gato son increíbles), vuelos accidentados de avión, leyendas exóticas, costumbres de Birmania.

Nos ha llamado la atención que el protagonista se llame Charlie Parker. Si también les ha picado la curiosidad, rásquense: no tiene nada que ver con el famoso saxofonista. Ya; desconcierta un poco.

A la autora no le falta buena intención, pero no nos convence demasiado su estilo, especialmente en lo que atañe al exceso de detalle. Se desarrollan a lo largo de las páginas diálogos con tendencia a lo insulso que retardan la acción; un narrador con el que no tenemos ningún vínculo se esfuerza por apelarnos ocasionalmente en segunda persona; se exponen demasiados detalles irrelevantes, como las frecuentes descripciones físicas de cada personaje, que arrojan sobre el lector la sombra del aburrimiento.

“Antes de llegar a la plaza, también le aceptaron un cartel en la única tienda que había, un atiborrado local de paredes viejas y pintadas de varios colores donde vendían un poco de todo: sombrillas, antigüedades, velas… pero también frutas y comestibles”.

Uno pensaría que en esa tienda tan detalladamente descrita se va a desarrollar alguna escena del libro… Pues no, en esa frase empieza y acaba toda su relevancia. Esto sucede con frecuencia. Los lectores agradecerían que se les dejara más libre la imaginación, permitiendo elipsis y huecos, en lo que en teoría literaria se llama “lagunas de indeterminación”.

A cambio, para lograr ambientación y atmósfera, podría haber mimado más la leyenda de los gatos birmanos, central para el desarrollo y ambientación de la novela y prácticamente tirada por tierra en las pp. 63 y 64.

En definitiva, el libro presenta unas aventuras muy bien alabadas en cinco citas laudatorias de la primera página. Pero la lectura de las demás páginas va resultando poco a poco menos interesante, la trama más inverosímil que fantástica, el plan malvado demasiado exagerado, y la reconversión final de la mala malísima totalmente innecesaria.