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Las manos de mi abuela

Inês Cardoso (texo), Susana Matos (ilustraciones) y Xosé Ballesteros (traducción): Las manos de mi abuela. Colección libros para soñar. Pontevedra: Kalandraka, 2025, 36 páginas.

Hay vínculos que no se explican: se viven. La relación entre una abuela y su nieto es uno de esos misterios que no necesitan palabras para existir. Se reconoce en una mirada que arropa, en una paciencia heredada, en ese modo tan suyo de detener el tiempo cuando lo compartimos con ellas. Las abuelas tejen historias, consuelos y memorias; los nietos, sin saberlo, les regalan una segunda juventud. Entre ambos se crea un puente que late suave, pero firme, y que acompaña para siempre.

Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día.
Son incomparables cómplices de secretos.

Dr Orschanski

Todo lo que sucede entre una abuela y un niño tiene la textura de lo esencial. Ellas construyen desde lo cotidiano: una merienda compartida, una historia repetida mil veces, un silencio que acompaña sin exigir. Construyen desde la memoria y desde la paciencia, desde un amor que no pide nada y que deja raíces.

Los nietos, sin saberlo, les regalan la posibilidad de volver a mirar el mundo con asombro. Las abuelas, en cambio, les ofrecen un refugio: un lugar donde todo parece posible porque todo avanza al ritmo del corazón. Entre ambos se teje un puente firme y suave, un territorio común que acompaña siempre, incluso cuando pasan los años.

Hay manos que no solo cuidan: también cuentan historias. Las manos de una abuela son eso, un instrumento silencioso capaz de conectar y transportar a quienes las sienten. En ellas cabe toda una vida: la forma en que sostenían la cuchara al remover una sopa, la manera en que acomodaban el pelo detrás de la oreja, el gesto lento al abrir un libro que ya conocían de memoria. Son manos que, sin pretenderlo, guardan los instantes que quedaron grabados para siempre en nuestro corazón. Y es que no hacía falta pasar largas horas juntos; bastaban unos minutos llenos de presencia real, de tiempo de calidad, cuando las pantallas eran apenas un objeto y no un territorio donde se perdían los días. A veces me pregunto cuántos niños pueden disfrutar hoy de ese tiempo verdadero con sus abuelos, sin interrupciones, sin prisas, sin notificaciones que rompan el hechizo. Porque esos pequeños momentos —los que parecen nada— son los que al final construyen la infancia.

En Las manos de mi abuela se reconocen todos los elementos que hacen de la obra de Inês Cardoso algo tan especial. Esa capacidad suya para rescatar lo cotidiano —la memoria que se hereda, la ternura que se comparte, los vínculos familiares que dan forma a quienes somos— está presente en cada página del álbum. Cardoso escribe desde un compromiso sincero con los valores: el respeto por las raíces, por la naturaleza íntima de las cosas sencillas y por ese aprendizaje intergeneracional que se transmite sin prisa, casi sin darse cuenta. Y, como ocurre en sus otras obras, aquí también encontramos un texto cargado de sensibilidad y honestidad, con una estética narrativa que invita a detenerse, a mirar despacio y a dejar que la historia nos hable desde dentro. Todo ello convierte este álbum en un puente perfecto entre generaciones, un recordatorio de que las manos que nos cuidan cuando somos pequeños suelen ser también las que dan forma a nuestra manera de mirar el mundo.

La mirada de Inês Cardoso encuentra en las ilustraciones de Susana Matos el complemento perfecto. Matos trabaja con una delicadeza casi artesanal, donde cada trazo parece respirar memoria y afecto. Sus colores suaves, la textura que recuerda al papel vivido y la forma en que construye la luz hacen que Las manos de mi abuela se convierta en un álbum que no solo se lee: se contempla. Las ilustraciones no describen, acompañan. No explican, sugieren. Cada doble página es un espacio donde la ternura se detiene y la cotidianidad se vuelve poética. Sus figuras, siempre cercanas, transmiten una calidez que invita a entrar en la escena, como si uno también pudiera sentarse a la mesa, oír la respiración de la abuela, sentir el peso de esas manos que enseñan sin exigir. Con ese estilo tan íntimo y respetuoso, Matos logra que la historia no solo tenga voz, sino también cuerpo; un cuerpo hecho de luz suave, silencio y raíces que se entrelazan entre generaciones.