XXII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil
El pasado martes 6 de mayo acudimos a la entrega del XXII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil en la Casa del Lector, en el Matadero de Madrid. El libro premiado, conocido desde hacía unas semanas, fue El diario de la peste, el último escrito de Espido Freire de la mano de la editorial Anaya.
El libro galardonado cuenta el cambio de vida que sufren Elena Hurtado López de Ayala y su hermano pequeño y heredero de la casa, Diego, ante la peste negra que asola Toledo en el año 1598. Pero no es la epidemia lo que les trastoca su rutina, sino el descubrimiento de que sus criados, aquellos quienes les han visto crecer, están planeando matarles. Ante esta situación, no les queda otro remedio más que huir, y de su mano descubriremos caminos olvidados y refugios inciertos que revelan un mundo agitado por el miedo, donde la nobleza ya no garantiza seguridad y cada decisión puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

La casa del Lector reflejaba la ambientación del Toledo habitado por Elena y Diego, con un escenario decorado que evocaba el paisaje de la ciudad. En el centro, una pantalla mostraba la ilustración de la protagonista —la misma que en la portada del libro—, envuelta en tonos rojizos y sombras, lo que añadía al conjunto un tono cargado de dramatismo. El auditorio estaba iluminado de forma tenue con esas mismas luces que alumbran a Elena, lo que aportaba un aire misterioso, transportando a todos los asistentes directamente al corazón del Toledo del siglo XVI.
Comenzó en torno a las 19:30 horas con una presentación realizada por Maya Pixelskaya, divulgadora y presentadora de televisión, que nos guiaría durante todo el evento, seguido de un discurso de mano de Abelardo de la Rosa, Secretario de Estado de Educación en el que ensalzaba este tipo de premios y eventos por su labor como productores de la cultura, con una frase a destacar, “Todos vivimos por los libros”. A continuación, subió al escenario Marta Martínez, CEO de Grupo Anaya, que destacó la labor a nivel institucional y desde la editorial de incentivar la lectura desde edades tempranas.
Una vez terminaron los discursos, el momento que explicaba la ambientación de la sala llegó. Cuatro jóvenes de la compañía de teatro El Aedo, dirigidos por Jesús Torres e Iván Flores, representaron el primer capítulo de El diario de la peste, sorprendiendo a toda la sala. Los jóvenes de la compañía, Sandra Martínez, Bruno, Alicia Jerez y Nayden supieron crear un ambiente a través de su actuación que nos adentraba en el Toledo del siglo XVI, junto a Elena, la protagonista.

Tras este momento, que sorprendió incluso a la autora, subieron al escenario Maya Pixelskaya, Espido Freire y Pablo Cruz, el editor del libro, para charlar sobre todo el proceso y los cambios que han sufrido los personajes y la historia desde que se diseñó. Contaba la escritora que surgió cuando tenía 12 años y les narraba a sus primas durante el verano historias sobre la peste negra, cuando aún no sabían lo que significaba ese término ninguna de ellas. Una de sus primas que escuchó una y mil versiones de lo que ahora es El diario de la peste tuvo la oportunidad de dedicarle unas palabras entre el público, recordando esos momentos y creando en la Casa del Lector un clima familiar.
La autora también explicó que quería rendir un homenaje a su primo, fallecido hace unos años debido a la distrofia muscular de Duchenne. Lo hizo incorporando en el personaje de Diego, el hermano pequeño de Elena y el heredero de la familia, una condición que no fue casual ni simbólica, buscaba visibilizar realidades poco representadas en la literatura juvenil y, al mismo tiempo, construir una relación entre hermanos basada en la protección y el afecto. Fue uno de los momentos más emotivos de la tarde, donde se hizo palpable la conexión entre la autora, su historia y el público.

En el coloquio, Espido Freire también resaltó cómo los libros, tanto en la ficción como en la vida real, pueden ser auténticas guías de supervivencia, pues no solo enseñan a imaginar otras vidas, sino a enfrentarse mejor a la propia. En ese sentido, la novela pretende ser más que una historia, quiere ser y es una herramienta de reflexión emocional y de aprendizaje.
Tras el diálogo con la autora, nos sorprendieron de nuevo con la representación teatral de otro pasaje de la obra, consiguiendo que todas las personas de la sala se quedaran en vilo por lo que provocaban las escenas. Fue un lazo final perfecto para que la sala rompiera en aplausos cuando, a continuación y para terminar el evento, le entregaron a Espido Freire su merecido premio por El diario de la peste.

























