Divertimentos
Antonio Rubio Hernando (texto) y Carmen Queralt (ilustraciones): Divertimentos. Juegos poéticos. Colección Poesía. Pontevedra: Kalandraka, 2025, 46 páginas

En la infancia, jugar no es solo un modo de pasar el tiempo: es una manera de pensar el mundo. Y cuando el juego se hace con palabras, el lenguaje se convierte en un territorio fértil para la curiosidad. Este libro parte justo de ahí: de la idea de que la lengua es un espacio para experimentar, combinar, repetir, desordenar, afinar. No se limita a contar historias, sino que invita a manipularlas: las disecciona, las estira, las dobla, les busca ritmos, espejos y resonancias. Funciona como un pequeño taller de exploración donde el lector —niño o adulto— entra para jugar.
El libro se construye como un compendio de diminutas cápsulas literarias, cada una con su propia lógica interna. Hay ritmos infantiles (Cesta de panes), juegos matemáticos (Ecuación), piezas de cadencia poética (Canción de las estaciones) o textos que beben del acento tradicional (Romancillo del ave de presa). Mezcla referencias populares —trabalenguas, romancillos, cuentos con cartas— con propuestas más sofisticadas —palíndromos, limericks, haikus, relojes de arena alfabéticos—, y ese mestizaje crea un libro inteligente sin ser solemne, culto sin perder frescura. Es, en cierto modo, un menú degustación donde cada pieza ofrece un sabor inesperado. Aquí el índice no ordena: anticipa el juego.
“Antonio trabaja la palabra como quien afina una cuerda: buscando el punto exacto donde la música aparece.”

Las ilustraciones de Carmen Queralt no adornan el texto: dialogan con él. Su lenguaje visual basado en el collage —recortes, texturas, piezas geométricas ensambladas con humor— encaja con la artesanía verbal de Rubio. Construye personajes que parecen armados con las mismas piezas que usan los versos: fragmentos, ritmos, repeticiones, pequeños ecos. Su paleta combina rojos intensos, azules suaves, negros que perfilan y grises que envuelven; un equilibrio entre lo travieso y lo tierno. El humor es silencioso: miradas redondas, bigotes imposibles, gestos exagerados pero jamás estridentes, como el personaje que cae en un charco mientras dos nubes lo riegan. Sus escenas no buscan realismo: sugieren. Dejan espacio para que el lector complete la acción. Esa depuración visual potencia la musicalidad del texto: ambos trabajan desde el “menos es más”.
Este libro no se limita a ocupar un hueco en la estantería: abre un pequeño territorio donde las palabras juegan a ser otra cosa. En sus páginas, los sonidos se estiran, se esconden, parpadean; y uno descubre que el lenguaje, cuando quiere, todavía sabe sorprender. Es un libro para leer en voz alta y que resuene; para compartir en familia o en el aula; para abrirlo despacio y sentir cómo su ritmo se desliza, casi sin permiso. Tiene un pulso propio, una música que empieza antes de la primera lectura. Y ofrece algo poco frecuente: el recordatorio de que las palabras, cuando laten, nos devuelven la alegría de lo vivo.
























