No es una caja, es una ciudad
Antoinette Portis (texto e ilustraciones), Chema Heras y Pilar Martínez (traducción): No es una caja, es una ciudad. Pontevedra: Kalandraka, 2025, 40 páginas

Desde la primera página se percibe la sensación de que este libro nace más de la necesidad de seguir explotando una idea exitosa que de un impulso creativo auténtico. Tras el enorme acierto de No es una caja, aquí parece haberse buscado un tema “importante” —la inclusión, el valor de cada individuo, la utilidad de las diferencias o la necesidad de pedir ayuda— para encajarlo a la fuerza en una historia que no termina de justificar su existencia. El mensaje es claro y bienintencionado, pero la impresión es que llega con calzador, como si el éxito del primer título reclamara una continuación que, en el fondo, no era necesaria.
Si en No es una caja la propuesta era una invitación abierta a la imaginación, un estímulo puro para que cualquier objeto cotidiano —una caja— se transformara en infinidad de significados según la mirada del lector, en No es una caja, es una ciudad esa potencia creadora parece algo más acotada. El primer libro celebraba la libertad del pensamiento, el “¿y si…?” sin barreras, mientras que este segundo se centra explícitamente en valores concretos como la colaboración o la utilidad de ciertos personajes según sus habilidades. Ese giro convierte lo que en la obra original era una explosión de posibilidades en una enseñanza más dirigida y limitada, con menos espacio para que cada lector construya su propio universo a partir del estímulo inicial.
En torno a No es una caja existen numerosas referencias en entrevistas y encuentros con la autora en las que Antoinette Portis habla de la potencialidad creadora de la infancia, de su propia experiencia jugando con cajas y de cómo ese impulso imaginativo dio forma al libro. Ese origen personal y casi lúdico se percibe con claridad en cada página. Sin embargo, cuando se busca ese mismo relato en relación con No es una caja, es una ciudad, las referencias son escasas o prácticamente inexistentes. Al menos desde fuera, no se aprecia ese mismo empuje creativo inicial, sino más bien la voluntad de desarrollar un mensaje concreto, lo que refuerza la sensación de que esta segunda obra responde menos a una necesidad expresiva y más a una prolongación del éxito anterior.
Con todo, No es una caja, es una ciudad mantiene de forma reconocible el estilo narrativo y visual de Antoinette Portis. El texto sigue siendo sencillo, dialogado y accesible, y las ilustraciones conservan esa economía de recursos tan característica: líneas negras, fondos sobrios y el uso expresivo del color para marcar el salto entre la realidad y la imaginación. Ese sello personal continúa funcionando y resulta coherente con el universo de la autora, aunque en esta ocasión esté al servicio de una propuesta más dirigida. El estilo permanece, pero la libertad que lo hacía desbordante en el primer título aquí aparece más contenida.
























