El gran festín

El gran festín

Vanessa Howl (texto), Pablo Pino (ilustraciones): El gran festín. Barcelona: Editorial el Pirata, 2026, 36 páginas

¿Alguna vez te has preguntado por qué los flamencos lucen ese rosa tan vibrante? Al nacer, estas aves son de un gris discreto, casi invisible. Es su alimentación, rica en carotenoides presentes en pequeños crustáceos y algas, la que va tiñendo sus plumas con el paso del tiempo. Este fenómeno natural nos recuerda algo sencillo y, a la vez, profundo: la identidad no siempre viene dada, también se construye a partir de lo que vamos incorporando.

Y no se trata solo de nutrición. Lo que consumimos —ideas, experiencias, hábitos— termina dejando huella. La repetición moldea, afianza, fija una forma de estar en el mundo. Cuando la dieta se vuelve única, el espectro se estrecha. Los matices desaparecen y quedamos, casi sin darnos cuenta, dentro de una paleta conocida, previsible… a veces incluso impuesta.

Sin embargo, hay un momento en el que algo se abre. Romper la rutina exige cierto riesgo. Supone salir de lo que ya sabemos, de lo que ya funciona, para probar aquello que todavía no tiene nombre propio en nosotros. Como un flamenco que decide buscar nuevas aguas, elegir lo distinto es también una forma de afirmarse. Un gesto pequeño que, sin embargo, contiene la posibilidad de cambio.

Y es ahí donde comienza el crecimiento. Una apertura que no solo transforma el cuerpo, sino también la mirada. La diversidad —en el plato y en la vida— no es solo una cuestión de equilibrio, sino de riqueza. De posibilidad. De todo aquello que aparece cuando dejamos de repetir lo mismo.

En El gran festín, Vanessa Howl recoge esta idea y la convierte en relato. No desde la lección, sino desde la curiosidad. Su flamenco no parte de una necesidad de cambio, sino de un impulso por explorar. Y es en ese gesto donde empieza todo. Cada nuevo bocado tiene una consecuencia visible. La transformación interior se hace externa: el color irrumpe, se despliega, se vuelve protagonista. Howl acompaña este proceso con un lenguaje que también evoluciona; a medida que avanza el festín, el texto se enriquece, incorporando términos culinarios —braseados, emulsiones, reducciones— que amplían el vocabulario del lector al mismo ritmo que lo hace la experiencia del personaje.

Si la narrativa de Howl nos acerca al descubrimiento, las ilustraciones de Pablo Pino lo hacen inevitable. Pino trabaja el color como un lenguaje propio. Sus imágenes no se limitan a acompañar: construyen. El paso de un rosa uniforme a una explosión de matices —verdes lima, púrpuras profundos, amarillos solares— no se percibe como una ruptura, sino como un proceso vivo, casi orgánico. A ello se suman los detalles: los platos, las texturas, la vegetación que envuelve las escenas. Todo invita a detenerse. A mirar. A quedarse un poco más. Y, sobre todo, la expresividad. Ese flamenco que, poco a poco, pasa del escepticismo al asombro. Del gesto contenido al placer. Como si, en ese tránsito, también el lector pudiera reconocerse.

Porque, en el fondo, El gran festín no habla solo de lo que comemos.
Habla de lo que nos permitimos incorporar.
De aquello que, sin hacer ruido, termina transformándonos.