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Mi hogar, mi casa

Carl Johanson (texto e ilustraciones) y Alicia Rodríguez (traducción): Mi hogar, mi casa. Barcelona: Coco Books, 2025, 32 páginas.

Habitar el mundo requiere, ante todo, encontrar un refugio a la medida exacta de nuestros cuerpos y de nuestros delirios. Para una lombriz, el universo entero cabe en los túneles secretos de una manzana; para un oso, el invierno es una cueva oscura y silenciosa; para un pequeño roedor, una caja de cerillas puede albergar el descanso más cálido. En este nuevo y deslumbrante catálogo conceptual, el autor e ilustrador sueco Carl Johanson nos invita a desarmar las paredes de lo cotidiano para responder a una pregunta aparentemente sencilla, pero de profundas raíces emocionales: ¿qué es, en realidad, un hogar?

Alejado de las estructuras narrativas tradicionales, el libro se despliega ante el lector como un bellísimo álbum de observación y un preciso tratado de microarquitectura animal. A través de sus páginas, no solo asistimos a la diversidad orgánica de la fauna y la flora —donde cada jardín o fondo oceánico esconde un hervidero de viviendas subterráneas y submarinas—, sino también a la asombrosa plasticidad con la que los espacios se adaptan a quienes los transitan. Un bloque de apartamentos se transforma en una sinfonía de cotidianidades verticales, un viejo zapato se convierte en el castillo de una comunidad de ratones, e incluso el lugar de trabajo se revela como un espacio susceptible de ser habitado desde la complicidad y el afecto.

Johanson, cuya fascinación por los objetos creados por el ser humano y el diseño industrial ya intuíamos en obras anteriores, proyecta aquí una mirada minuciosa sobre la materia. No hay ingenuidad en su trazo: hay un profundo respeto por las leyes de la construcción y el urbanismo, salpimentado por un sutil sentido del humor que nace, precisamente, de sacar las cosas de contexto. Al leer el texto, casi podemos escuchar al autor preguntándose qué pensaba el diseñador de cada madriguera, combinando con maestría la arquitectura real con viviendas absolutamente imaginarias. El espacio se convierte así en el motor absoluto de la narración, y cada doble página, en una partitura visual donde el niño es invitado a detenerse, buscar, medir y asombrarse con el nivel de detalle de cada estancia.

Guiados por los pasos diminutos de Valentina, una ratona que ejerce de anfitriona y brújula a lo largo de este viaje espacial, el libro nos propone un juego de maduración y desapego. En un tramo del recorrido, el álbum nos desafía con humor enumerando aquellos elementos que solemos acumular dentro de los muros: ¿hace falta una videoconsola, una cama elástica, un equipo de música o una heladera para fundar un territorio propio? ¿Basta con que sea lujoso, o debe ser simplemente seguro, florido y luminoso?

La respuesta que late en el corazón del libro se desmarca de cualquier materialismo para abrazar una honestidad brutal:

para que un espacio sea un hogar, solo hace falta que albergue lo estrictamente necesario para quien lo habita. Ni más, ni menos.

Esa búsqueda de lo esencial se traslada de forma brillante a la experiencia física del lector. Justo antes de cerrar la cubierta trasera, Valentina rompe la cuarta pared y pide nuestra ayuda para encontrar sus herramientas, perdidas entre el entramado de las páginas anteriores. Es un mecanismo de cierre redondo: tras haber revisado tantas posibilidades grandilocuentes, tantas tipologías de edificios y materiales (desde el aislamiento térmico del ladrillo hasta el valor ecológico de la madera), el libro nos obliga a volver atrás, a repasar las estancias con otros ojos, a valorar el vecindario, a los compañeros de vida y a los silenciosos observadores del relato ajeno.

Al final, este bellísimo libro-objeto nos deja flotando una reflexión de una madurez conmovedora, ideal para abrir el diálogo en la intimidad del hogar o en el aula: a menudo vinculamos la casa a la idea de familia, pero ¿qué es la familia? ¿Puede una sola persona, un animal en su rincón, o el propio cuidado de uno mismo constituir un hogar completo? Carl Johanson parece decirnos que sí, que el hogar no depende tanto de la arquitectura como de las personas (o ratones) que lo respiran, y que su tamaño ideal es siempre el de la propia paz.