Lagarto Bosu y las plantas que no mueren nunca

Lagarto Bosu y las plantas que no mueren nunca

Miguel Ángel Pérez Arteaga (autor e ilustrador): Lagarto Bosu y las plantas que no mueren nunca. Santander: Milrazones, 2013.

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Tras este sugerente título y tras una portada cargada de dinamismo, encontramos un relato inspirado en un cuento de tradición oral de Benín, concretamente del reino de Bariba. Con él Miguel Ángel Pérez Arteaga nos acerca al tema de la muerte, abordándolo con gran expresividad y con la poética habitual de los relatos míticos, creando una historia que, aunque simplemente inspirada, tal y como se recoge en el libro, hunde sus raíces en fórmulas ancestrales de literatura oral y popular, recordando a aquellas otras que trataban de dar una explicación a los fenómenos que rodeaban a los hombres y que están presentes en muchas culturas antiguas. Y es que la muerte es un tema recurrente en civilizaciones de todos los tiempos, siendo recogido por el arte en diferentes manifestaciones y en las que la literatura no es una excepción, tal vez porque sigue siendo un factor de desasosiego e incertidumbre, el gran enigma inherente a la vida. También para los niños es un tema presente desde bien pequeños. Es a partir de los cinco años cuando éstos comienzan a crearse un concepto de muerte más cercano a la realidad. Aunque el relato que se nos presenta se aleja de aquello que propugna la psicología en cuanto a cómo debe abordarse la muerte con los niños, la historia que se nos presenta adquiere valor en gran medida por el simbolismo y la magia que rebosan sus páginas, tanto desde el punto de vista de la ilustración como del texto. Tampoco podemos obviar que este libro recupera para la literatura infantil un tipo de relato poco usual en la etapa infantil.

A través del dios Gusuno y del lagarto Bosu, Pérez Arteaga elabora la historia de por qué las personas son mortales y hay plantas que nunca mueren creando una hermosa metáfora sobre el transcurso de las estaciones. Gusuno (nombre quizás un poco inapropiado al tratarse de una historia de inspiración africana, ¿qué tal un nombre con mayor evocación a esa tierra y que huya de la infantilización?), el dios creador de la sabana y también del hombre disfruta de su obra hasta darse cuenta de que todo lo que había creado podía morir, también el hombre. Fue entonces cuando creó al lagarto Bosu, dándole el cometido de llevar una medicina a los hombres para que éstos pudieran vivir eternamente. Pero Bosu, en su periplo, se queda maravillado de todo cuanto le rodea, así que va rociando la pócima sobre plantas y árboles. Así que cuando encuentra a las personas… ya no le queda nada…

Si bien el texto nos puede atrapar por su poder de evocación, por su brevedad, no reñida con el sumo cuidado tanto en la presentación en la página como por el propio discurso, sus páginas nos sorprenden por la aparente sencillez de las imágenes y el magnífico y expresivo grado de abstracción conseguido. Los inusuales árboles y la fuerza de Bosu, el movimiento de unos y otro, contrastan con la silueta, a veces difuminada, siempre estática, del dios Gusuno, una gran cabeza de contornos negros que recuerda a los moais de la isla de Pascua, y con la propia figura del hombre-niño, también a base de contornos muy simples, un minúsculo personaje ante la desbordante naturaleza, sólo engrandecido en la imagen final (es significativa su correspondencia con el párrafo final). Las evocaciones a culturas primitivas y a toda una tradición de relatos mitológicos y fantásticos no sólo están presente, por tanto, en la forma de elaborar el discurso sino también en las imágenes.

Estamos pues ante un libro especial que trata con fantasía y paradójicamente naturalidad el tema de la muerte, una historia que desdramatiza la mortalidad y engrandece el medio natural que nos rodea, un relato con guiños al presente que nos arrancará una sonrisa.