Teníamos 15 años. Los tres protagonistas de la historia delante del videoclub Rick's

Teníamos 15 años

Nando López y Nicolás Castell (ilustrador): Teníamos 15 años. Madrid: Loqueleo, 2025, págs. 184

Teníamos 15 años. Los tres protagonistas de la historia delante del videoclub Rick's

 

Hay libros que se leen con los ojos y algunos —los más raros y necesarios— con el corazón. Teníamos 15 años, de Nando López con ilustraciones de Nicolás Castell (Loqueleo), pertenece a esta última categoría. Es una novela gráfica que logra crear un espacio íntimo y reconocible para quienes alguna vez sintieron que no encajaban del todo.

La historia gira en torno a Manu, un profesor de Lengua y Literatura que regresa a su pueblo después de una excedencia. Este regreso es también una vuelta atrás, a los aciertos y equivocaciones de su adolescencia. Pero también nos habla del ahora y de los recuerdos de una amistad que se siente tan real como entrañable, tan imperfecta como salvadora. Junto a sus amigos compartió confidencias, risas nerviosas y sesiones de teatro o de cine, como aquella en la que van a ver Entrevista con el vampiro, un clásico noventero que, en este contexto, se convierte también en metáfora de todo lo que se calla y se desea.

La ambientación en los años 90 es mucho más que un guiño estético. Es un vehículo narrativo lleno de referencias para quienes vivieron esa década, y al mismo tiempo un espejo donde los lectores jóvenes pueden verse reflejados sin artificios. Nando López consigue retratar la adolescencia con una honestidad brutal, pero llena de ternura, sin miedo a hablar del miedo, del dolor de no ser aceptado, del silencio que pesa cuando no puedes nombrarte. Porque sí, Teníamos 15 años habla, sobre todo, de identidad, de deseo, de autodescubrimiento, y de lo difícil que es crecer cuando el entorno no está preparado para abrazar la diversidad.

La fuerza del texto no se entiende sin el trabajo de Nicolás Castell. Sus ilustraciones hacen algo más que acompañar: dialogan con las palabras, las elevan, las matizan. Cada viñeta es un cuadro emocional donde los silencios dicen tanto como los diálogos. La simbiosis entre texto e imagen no es un lujo, sino una necesidad narrativa: juntos logran que lo que se cuenta se vuelva inolvidable.

Uno de los mayores aciertos de este libro es que no cae en el dramatismo gratuito. Es crudo cuando debe serlo, pero nunca se recrea en el sufrimiento. Muestra el rechazo, sí, pero también la ternura de los vínculos, la fuerza de la amistad, la luz que entra cuando alguien te mira y te ve de verdad. El proceso de Manu para aceptarse —y sobre todo, para no pedir perdón por ser quien es— está lleno de tropiezos, pero también de momentos de belleza pura. De esos que hacen que leer este libro no sea solo una experiencia literaria, sino también personal.

No es casual que Teníamos 15 años sea una historia LGTBIQ+. Lo es desde su corazón, no como etiqueta, sino como declaración de existencia. Es un libro que acompaña a quienes buscan referentes, que valida emociones y que normaliza la diversidad sin moralinas ni caricaturas. Y necesitamos que lleguen a quienes aún no han aprendido a mirar con empatía.

Con una narrativa honesta y una estética cuidada al detalle, esta novela gráfica juvenil es un testimonio generacional, una carta de amor a quienes se atrevieron —o no— a ser ellos mismos. Y también un recordatorio para los adultos: lo que sentimos a los quince años sigue siendo válido, aunque a veces lo olvidemos.

Teníamos 15 años es el tipo de libro que uno recomendaría a gritos si no fuera porque, al terminarlo, lo que más apetece es abrazarlo en silencio. O regalarlo, que es otra forma de decir: «Este libro me tocó. Ojalá a ti también».

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