Abuelo
Orlando Burgos (texto) y Lucía de la Torre (ilustraciones): Abuelo. Sevilla: Babidibú, 2026, 108 páginas.

En Abuelo, Orlando Burgos parece escribir desde la memoria y desde la convicción de que la infancia es el territorio donde se aprenden las verdades más duraderas. La estructura en forma de diario, la sencillez expresiva y la atención a los pequeños gestos cotidianos revelan una intención clara: rendir homenaje a la figura del abuelo como transmisor de sabiduría, afecto y sentido vital. Más que construir una historia de grandes acontecimientos, el autor sitúa el foco en la vida vivida con naturalidad —los días de escuela, el campo, la iglesia, las conversaciones sencillas—, mostrando que en lo aparentemente pequeño se forjan las enseñanzas que acompañan toda una existencia. La obra se presenta así como un ejercicio de memoria afectiva y como una reivindicación de la literatura juvenil como espacio para abordar, con delicadeza y profundidad, las grandes preguntas sobre el crecimiento, la pérdida y la trascendencia.
Esta obra se presenta en forma de diario íntimo escrito en primera persona. El relato comienza el jueves 19 de junio de 1969 y concluye el 26 de agosto de ese mismo año, componiendo un verano narrado día a día a través de breves entradas que apenas superan unas pocas líneas. Cada jornada queda condensada en una o dos oraciones, en una escritura sintética que, sin embargo, logra transmitir profundidad emocional y densidad vital.
El eje central del libro es la relación entre el narrador y su abuelo. El nieto encuentra en él un modelo al que aspira, una referencia ética y afectiva que configura su mirada sobre el mundo. El abuelo no solo es compañía cotidiana —en los días de campo, en las conversaciones sencillas, en las enseñanzas indirectas—, sino también el pilar fundamental de la vida del niño, la fuerza que lo acompaña y orienta. En sus palabras y en sus actos se condensa una sabiduría práctica.
«Todo lo que se aprende tiene provecho; todo lo aprendido, en cualquier momento, puede ser útil».
Junto a esta relación esencial, aparece también el vínculo del narrador con “Él”, Tatica Dios, figura que refleja la vivencia natural de la fe en el entorno del protagonista. La religiosidad no se presenta de forma doctrinal, sino integrada en la vida cotidiana: los días de iglesia, las conversaciones, las preguntas sencillas que surgen en la infancia.
El diario recoge escenas de escuela, jornadas compartidas con los primos, momentos familiares y la presencia constante del paisaje costarricense. La naturaleza, el ritmo pausado de la vida rural y la comunidad costarricense conforman un entorno que dota de autenticidad al relato. En contraste, la madre del protagonista se encuentra en Nueva York, una ausencia que amplía simbólicamente el horizonte del niño y subraya la centralidad del abuelo en su día a día.

El 23 de agosto marca un punto de inflexión cuando el abuelo amanece enfermo. En ese momento, el niño recuerda la historia de la estrella, episodio cargado de simbolismo que refuerza el vínculo entre memoria, amor y trascendencia. El cierre del diario adquiere entonces una dimensión emotiva que invita a la reflexión sobre el crecimiento, la pérdida y la huella que dejan quienes nos enseñan a vivir.
Desde el punto de vista literario, la obra destaca por su sencillez expresiva. La brevedad de las entradas diarias exige precisión y otorga al texto un tono contenido que potencia la emoción. La naturalidad con la que se describe la vida cotidiana convierte la lectura en una experiencia íntima y cercana.
En cuanto a las ilustraciones de Lucía de la Torre, su presencia es medida y discreta, algo que considero un acierto en una obra de estas características. No se trata de un libro donde la imagen compita con la palabra ni condicione la construcción imaginativa del lector. Las ilustraciones aparecen de forma puntual, acompañando el tono del relato sin invadirlo. Llama la atención que, salvo la figura del abuelo —representada con mayor definición y presencia—, los demás personajes no aparecen en primeros planos detallados. Esta elección favorece que el lector complete los rostros, los gestos y los matices desde su propia experiencia. El trazo sencillo y la composición sobria refuerzan la atmósfera de vida cotidiana que atraviesa el libro, ayudando a comprender visualmente la naturalidad y la austeridad del entorno descrito. Más que ilustrar cada escena, las imágenes sostienen el tono del relato y subrayan su esencia: una vida aparentemente simple, pero cargada de profundidad.
Se trata de una obra especialmente adecuada para lectores a partir de los últimos cursos de Primaria o primeros de Secundaria, ya que permite trabajar temas como la memoria, la figura de los abuelos, la transmisión de valores, la identidad, la fe vivida desde la infancia y el paso del tiempo. Además, su estructura fragmentaria facilita la lectura compartida en el aula o en clubes de lectura, generando espacios de diálogo sobre las pequeñas experiencias que construyen la vida.
Una historia sencilla en apariencia, pero profunda en su resonancia emocional, que pone en valor la sabiduría cotidiana y la importancia de los vínculos familiares en el proceso de crecer, recordándonos que la verdadera formación del carácter se fragua en la experiencia compartida y en la memoria afectiva.
























