Lágrimas de cocodrilo
André François (texto e ilustraciones) y Xosé Manuel González (traducción): Lágrimas de cocodrilo. Pontevedra: Kalandraka, 2026, 44 páginas

Hay libros cuyo continente es tan importante como su contenido. En Lágrimas de cocodrilo, de André François (recuperado por Kalandraka), la experiencia empieza antes de abrir la primera página. El álbum se presenta en una verdadera caja postal alargada, con sus franjas rojas y azules de correo aéreo y la etiqueta de «Frágil». No es un mero envoltorio: es la misma caja en la que el reptil viajará desde Egipto hasta la casa del protagonista. Existe, además, una bonita ironÃa en ese sello de advertencia exterior, pues aunque las cubiertas son acartonadas y rÃgidas, las páginas interiores cuentan con un papel de gran calidad pero delicado al tacto. No es un libro de cartón prensado para la manipulación brusca de los más pequeños, sino una obra que requiere cierta destreza manual y cuidado al pasar cada hoja, convirtiendo el acto de lectura en un ritual de respeto por el objeto.

La historia nace de una duda sencilla: ¿qué significa la expresión «lágrimas de cocodrilo»? Pero en lugar de dar una definición de diccionario, la narrativa toma un camino lleno de rodeos encantadores (como cuando le preguntas algo a tu madre y te responde con una larga anécdota personal antes de llegar al grano). Para responder al niño, el adulto emprende un viaje disparatado: va a Egipto, compra un dromedario, mide a los cocodrilos para encontrar el idóneo y lo envÃa por correo. Una vez en la casa, el reptil se integra en la rutina doméstica (lavándose los dientes con la ayuda de un pájaro pluvial o paseando como si fuera un carruaje) hasta presenciar la lección final sobre cómo provocar el famoso llanto fingido.

Una de las grandes fortalezas de la obra radica en la brevedad de su texto: apenas una oración por página. Lejos de ser redundante, la ilustración a tinta amplÃa la historia de forma brillante. Cuando el texto dice sencillamente que «se envÃa todo por correo», la imagen nos regala una escena llena de vida donde un abnegado cartero pedalea en bicicleta llevando la gigantesca caja en equilibrio sobre su cabeza, cruzándose con un coche familiar en mitad del campo. La imagen aporta todo el humor y el contexto visual que el texto omite.
Visualmente, la obra destaca por una paleta estrictamente restringida que mantiene una coherencia total con el diseño exterior. Lejos de dejar los personajes vacÃos, el uso del verde, el rojo y el azul, a veces de forma individual y otras combinándose, funciona como un foco de atención selectivo. El trazo negro a tinta sostiene toda la expresividad de la escena, mientras que las manchas de color señalan con precisión los puntos donde el lector debe fijarse con mayor detenimiento.
Una joya imprescindible que demuestra cómo la narrativa visual, el diseño gráfico y el humor absurdo pueden transformar un dicho popular en un álbum inolvidable.
























