TEO Y LA TV itsmo

Teo y la tv

Sara Gallardo (texto) y Nicolás Castello (ilustraciones): Teo y la tv. Buenos Aires: Istmo (Fiordo editorial), 2026, 32 páginas.

Un día, en una casa cualquiera de los años setenta, entra un televisor. La llegada del aparato no se plantea como un drama ni como una revolución doméstica, sino simplemente como la incorporación de un nuevo objeto al salón.

Sin embargo, a medida que la historia avanza, el televisor empieza a pedir a cada habitante de la casa algo distinto. Los padres se sientan frente al cristal. Ven los noticieros, consumen la programación que pasa ante sus ojos y, poco a poco, mientras el aparato emite, ellos se van convirtiendo en un caballo manso. No un animal fiero ni salvaje, sino dócil, estático, desprovisto de respuesta. La pantalla los recibe como espectadores y los devuelve anestesiados, instalados en una recepción que no necesita gesto ni palabra.

Teo, en cambio, se sienta frente al mismo objeto, pero su postura es otra. Cuando en la pantalla aparece un programa que despierta su atención, el televisor deja de funcionar como un límite físico. Teo no se queda al otro lado: entra en la televisión para jugar con el caballo que habita en la imagen. La pantalla no lo retiene fuera; se convierte en una puerta abierta por la que pasar al terreno de la ficción.

Hay algo muy fino en lo que plantea Sara Gallardo sin necesidad de convertir el relato en un alegato moral. El libro no divide el mundo en pantallas buenas o malas, ni contrapone la tecnología al juego al aire libre. La diferencia no está en el artefacto, sino en la relación que se establece con lo que aparece en él.

Los adultos consumen lo que les dan. Teo lo transforma.

Esta distinción es interesante para pensar en la infancia actual. A menudo el debate adulto se reduce a la presencia o ausencia del dispositivo, como si la pantalla en sí tuviera el poder exclusivo de alienar o educar. Lo que sugiere Teo y la TV es que el niño no necesita necesariamente que la tecnología desaparezca para que exista el juego; necesita poder hacer algo con lo que recibe de ella. Nos invita a hacernos una pregunta con recorrido pedagógico: ¿en qué momento la recepción se convierte en juego y qué tipo de imágenes o relatos son los que permiten esa transición?

El trabajo visual de Nicolás Castello camina en esa misma dirección. Las líneas son sencillas, directas, casi desprovistas de volumen o artificio. El dibujo no intenta competir con aquello que ocurre en la pantalla ni busca una sofisticación académica; parece ponerse, sencillamente, a la altura del propio Teo. Es un trazo limpio, sintético, que deja respirar la escena y permite que el foco siga estando en la acción y en la mirada del personaje.

Al final de la historia, la familia toma una decisión: cambiar el televisor porque no les satisface lo que pasa ahí dentro. Ese gesto final —el de volver a decidir sobre el objeto en lugar de dejar que el objeto decida sobre la casa— cierra un relato publicado hace cinco décadas que hoy nos sigue sirviendo no para juzgar la tecnología, sino para observar cómo nos situamos ante ella.