Soy un perro

Soy un perro

Heena Baek: Soy un perro. Kókinos, 2024, 48 pp.

Hablamos hoy de otra obra de Heena Baek, con la que nos deleitamos tras haber leído Cómo hacer caramelos mágicos. La ganadora del Astrid Lindgren Memorial Award de 2020 nos lleva en esta ocasión a ver el mundo desde los ojos del perrete que nos mira desde la cubierta y cuyo cuerpo peludo nos saluda también desde las guardas (bonito juego de texturas). La obra está dedicada a Cascabel, Soonyoung y Canicas; este último parece ser el protagonista de esta historia, pero nos recuerda también al juego que entretenía al protagonista de Caramelos mágicos, ¿casualidad?

Bueno, vamos a ello. Canicas es uno de los cachorros de Cascabel, que parece ser que es la reina de las perritas del barrio y la madre de prácticamente todos los canes que pueblan los alrededores, según el estupendo árbol genealógico que nos comparte Baek. Cuando Canicas tiene pocos meses, pero ya come solo, se va a vivir con su nueva familia humana compuesta por papá, Dung-Dung, que tiene cinco años, y la abuela. Un fondo blanco muy luminoso nos sirve de presentación de los protagonistas, que parecen mirarse y mirarnos al mismo tiempo, inmóviles, pero llenos de vida, como todas las creaciones de la artista coreana.

La historia no tiene grandes giros de guion; de hecho, no tiene gran guion. El libro nos cuenta prácticamente un par de días en la vida de Canicas y su familia humana, pero contado desde la óptica del perro. Frases sencillas, con pocos detalles descriptivos y narrativos y mucho que construir a través de las imágenes y de la interpretación que quiera darle cada uno. Canicas nos explica, por ejemplo, con toda naturalidad que cuando oye aullar a un perro (y en la imagen es de noche), siempre responde porque intuye que es uno de sus hermanos; con la misma naturalidad nos comenta que en ese momento papá suele mandarle callar con una voz un poco fea, pero que qué se le va a hacer.

Con la misma sutileza, nos cuenta cómo cada mañana salen de casa primero papá, luego Dung-Dung y, por última, la abuelita. Y aunque tiene grandes esperanzas de que entonces saldrá también él, un tristísimo plano le muestra sentado, solo, en el recibidor, mirando la puerta de casa cerrada. La siguiente doble página está llena de texto, repleta de palabras encima de la imagen de Canicas tumbado en la terraza al sol; pero prácticamente todas esas frases dicen «Espero espero espero», intercaladas con algún ruido que se oye en el barrio.

Todo cambia con la hora del paseo, maravillosamente representada con un primerísimo plano del can saliendo a la calle con infinitas ganas de investigar. Le acompañamos mientras rastrea los mismos rincones, pero con renovado entusiasmo. ¿Ese es el gato de siempre?, no importa. ¿Podré alcanzar esa paloma o se volverá a escapar? Olores, infinitos olores por todas partes, olores que husmear y descifrar, ¡qué maravilla! Página a página, entramos en el mundo de Canicas, vemos la vida desde sus ojos, desde su soledad, desde su entusiasmo. Se nos explica poco con las palabras, pero se intuye muchísimo con las imágenes y unas buenas ganas de ponerse en el lugar de otro ser vivo. 

Cualquiera que tenga un perro en casa se sentirá probablemente muy identificado y se le escapará una sonrisa en más de una página (aunque no siempre feliz). Heena Baek vuelve a construir un mundo para nosotros. Un universo pequeño, cercano, cotidiano, extremadamente íntimo y acogedor. Y al mismo tiempo nos lanza preguntas, sensaciones incómodas que nos dejan hablando con nosotros mismos y nuestra conciencia. Las imágenes, fieles a la técnica de la artista, están repletas de realismo y de detalles; el uso de la focalización y de la luz atrapa la mirada del lector. Una absoluta maravilla.

 

 

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