12 romances

12 romances

Una selección de Manuela Rodríguez y Antonio Rubio, con ilustrciones de Fernando Vicente: 12 romances. Colección Poesía Ilustrada. Pontevedra: Kalandraka editora, 2026, 36 páginas.

Hay libros que no se leen, se escuchan. Al abrir las páginas de esta cuidada edición del Romancero, uno tiene la sensación de estar recuperando un susurro que ha viajado durante siglos de boca en boca, de plaza en plaza, antes de quedar fijado en el papel. No estamos ante una simple recopilación de poemas antiguos; estamos ante el ADN de nuestra narrativa, ante los primeros «guiones» de una tradición que ya sabía, mucho antes que nosotros, que el amor, la traición y el destino son las cuerdas que nos mueven.

La selección poética, a cargo de dos maestros de la palabra como son Manuela Rodríguez y Antonio Rubio, es un acierto absoluto. Se nota la mano de quienes conocen el pulso de la poesía y saben cómo hacerla sonar. Han destilado lo mejor del Romancero Viejo para ofrecernos un viaje emocional que nos devuelve a una melancolía esencial, como en «El Prisionero», donde la libertad se mide por el canto de una sola ave; o el magnetismo de «La Serrana de la Vera», una figura que bascula entre el mito y el terror rural, recordándonos que la naturaleza siempre ha tenido un lado indómito y peligroso.

A lo largo de la antología, encontramos personajes que hoy calificaríamos de «modernos». Ahí está «La Doncella Guerrera», rompiendo moldes de género y expectativas familiares para encontrarse a sí misma en el campo de batalla; o el «Conde Niño», que nos regala una de las imágenes más potentes de la literatura: un amor tan resiliente que, tras la muerte, se entrelaza en forma de plantas, demostrando que la envidia y el poder son incapaces de podar lo que es verdadero.

Pero si algo convierte este volumen en un objeto de deseo es el diálogo visual que establece con el arte de Fernando Vicente. El ilustrador madrileño logra una proeza: despojar a los romances de su pátina académica para traerlos al presente más rotundo. Sus figuras estilizadas, de poses casi cinematográficas y emoción contenida, desafían el paso del tiempo. Vicente no se limita a decorar; dota a estos personajes de una presencia física y psicológica que nos obliga a mirarlos de frente. Su «Doncella Guerrera» o su «Abenámar» no son figuras de un pasado remoto, sino seres vibrantes de carne y hueso que habitan espacios evocadores donde lo veraz y lo alegórico se funden.

Como bien dice el propio Vicente en el colofón, «el amor, la muerte y la violencia ocurren hoy igual que entonces». Por eso, sus imágenes no buscan el rigor histórico, sino la verdad emocional. Su trazo, elegante y a la vez contundente, subraya el dramatismo de unos textos que, aunque anónimos, siguen latiendo con una frescura asombrosa.

Este libro es, en definitiva, una invitación a mirar atrás para entendernos hoy. Una obra que nos recuerda que las grandes historias nunca mueren, solo esperan a que alguien —con la sensibilidad de Rubio, Rodríguez y Vicente— las vuelva a cantar con una voz nueva. Un volumen para leer despacio y, sobre todo, para dejarse atrapar por la mirada de esos personajes que, siglos después, siguen teniendo mucho que decirnos.