El Gallinero

María José Floriano (autora) y Federico Delicado (ilustrador): El gallinero. Pontevedra: Kalandraka, 2022. 48 pp.

El idilio de María José Floriano con la literatura infantil ha dado como fruto, entre otros, este álbum poético y comprometido.

El título alude al barrio de chabolas cercano a la Cañada Real de Madrid que se derribó en 2018. Se realojó a unas treinta familias (había llegado a haber unas cien) que vivían básicamente de la mendicidad, enganchados a la luz, sin agua corriente, con basura alrededor. Este álbum es un relato sobre la vida allí, que se puede extrapolar a cualquier otro asentamiento de chabolas de los que hay en el mundo.

Desde el comienzo se establece un paralelismo entre los habitantes de El Gallinero y los artistas de un circo. Vivir allí es un oficio arriesgado para los niños, haciendo equilibrios entre ratas, caminando descalzos sobre cristales, contorsionándose para huir por el hueco de una alambrada. En este juego literario en el que la realidad se presenta de un modo alegórico, disfrazada de magos, faquires y mujeres-bala, nos volvemos espectadores del día a día de un protagonista sin nombre. Él nos cuenta su historia y nos presenta a su gente, El Gallinero es su particular teatro.

Mucho de lo que nos cuenta el protagonista lo leemos en las ilustraciones, que a veces son más explícitas que las palabras, tan condensadas. Las ilustraciones ayudan y se necesitan, con su realismo y un manejo del color y (sobre todo) de la luz tan maravilloso. Es inolvidable la mujer suspendida bajo la luna de la página 19, que parece en sí misma un cuadro de Magritte.

De contraído que está el texto, no resulta fácil entender algunas referencias, como la del “gran truco” del padre, las luces de colores de su nave, o “ese campo sin los rayos del sol” que está prohibido. Tal vez haya frases que los lectores pequeños no comprendan bien, frases para las que hace falta que alguien les explique el contexto de estos barrios. Como “los que tocan entre bambalinas las teclas del Gran Acordeón, ese que guarda todas las historias del mundo”, una frase que sigue siendo un misterio para nosotros (… ¿y ese acordeón desvencijado que muestra el protagonista en la contracubierta… es una metáfora de su propia historia?). Advertencia, pues: no es un libro fácil.

Floriano dedica el libro “al periodismo, oficio trémulo”. Insólita y bella dedicatoria. Nadie sino ella, periodista de profesión y ahora autora y magnífica animadora a la literatura, podría idear un libro como este. Un libro con una temática que nos escuece desde la portada y el título, que nos habla de la existencia dolorosa de algunas infancias y también de la luz que la imaginación puede arrojar sobre las calles sórdidas y la miseria. Un libro que es testimonio comprometido de El Gallinero que fue, que ha acercado a miles de lectores a una realidad injusta, inimaginable a pocos kilómetros de las calles opulentas del centro de las ciudades.

Criticaba Santiago Alba en Derroteros nuestro uso de la palabra ‘humanidad’ en frases cosmonáuticas como “el ser humano llega más lejos que nunca”, o “un gran paso para la humanidad”:

“Siempre esta tentación de los seres humanos de buscar epónimos para las causas que nos parecen nobles, olvidándonos de aquellas que sin embargo dejan en muy mal lugar a la humanidad. No se dice ‘a la humanidad le cortan la luz en la Cañada Real’…”

Así como la humanidad está en jaque por lugares como El Gallinero, las favelas de São Paulo o las chabolas de Tondo en Manila, también la humanidad, en su otra acepción, es lo que destilan e inspiran obras como esta. Hace nada veíamos Ciudad sin sueño, la película de Guillermo Galoe (Goya a mejor actor revelación para Antonio Fernández Navarre) sobre la Cañada Real. Son muchas las concomitancias entre el álbum y el filme: la infancia, el realojo, ¡incluso el galgo! Y es idéntico el dilema que ofrece El Gallinero en su final: el contraste entre una vida dura y llena de restricciones, pero en la que el protagonista ha construido su infancia y por lo tanto su identidad y sus mejores recuerdos, con un futuro y la oportunidad de una vivienda, pero con la incertidumbre de si allí, en el nuevo piso de realojo, volverá a respirar un aire tan libre.

El Gallinero es, en definitiva, un álbum ideal para conocer otras realidades difíciles en las que vivir es un arte y la infancia un milagro, y para dejarse embriagar por la poesía de sus palabras e imágenes.