casa ruidosa reseña

La casa ruidosa

Sally Nicholls (texto), Gosia Herba (ilustraciones) y Alicia Rodríguez (traducción): La casa ruidosa. Barcelona: CocoBooks, 2025, 32 páginas.

A menudo entendemos el ruido como un intruso; esa interferencia persistente que empaña el silencio y rara vez llega para ofrecer algo a cambio. Es el barullo que aturde, la estridencia que nos empuja a cerrar los ojos o a buscar refugio en la calma. Sin embargo, existe una frontera sutil donde el estruendo deja de ser estorbo para convertirse en música, una alquimia donde la acumulación de sonidos —o de trazos— empieza a cobrar un sentido rítmico.

Hay autores, como Sally Nicholls, que poseen el don de capturar esa vibración y trasladarla al papel sin que el lector sienta el deseo de huir. Al contrario: nos invita a sumergirnos en su obra como quien se lanza a una plaza concurrida, descubriendo que, página a página, cada nuevo ruido es una capa más de vida. En las ilustraciones, a cargo de Gosia Herba, el barullo no es caos, sino una invitación al hallazgo, una partitura visual donde el detalle más pequeño suena con la fuerza de una orquesta entera.

Tras el portón inicial, el jardín nos abre paso hacia una habitación musical donde el ruido se domestica en las cuerdas y vientos de los instrumentos; para luego perdernos en la estancia del eco, donde el sonido juguetea con su propio reflejo. El autor nos obliga a participar físicamente de la experiencia cuando una trampilla nos conduce al sótano: el giro del libro en nuestras manos no es solo un cambio de orientación, es la sensación táctil de descender a las profundidades de la casa.

Pero el genio de la obra reside en sus contrastes. Tras el barullo del sótano, el pasadizo secreto nos regala un remanso de silencio absoluto, un vacío necesario donde se nos pide llamar con suavidad, casi con respeto, antes de irrumpir en la habitación más ruidosa de todas o en el descontrol del caos. Pasamos del rugido inesperado de un león a la cotidianidad del baño y al surrealismo de la habitación de los disparates, en una suerte de montaña rusa sonora. Sin embargo, como todo buen viaje, la Casa Ruidosa sabe cuándo debe apagarse. El último umbral nos lleva al dormitorio, el lugar donde el ruido se rinde ante el susurro de las buenas noches. Allí, el libro se cierra no solo físicamente, sino emocionalmente, dejando que el silencio final nos invite, por fin, al descanso.

Para dar vida a este organismo sonoro, las ilustraciones de Gosia Herba se despliegan con una inteligencia visual asombrosa. Herba no utiliza el color de forma caprichosa, sino como una herramienta de zonificación emocional. El verde se adueña de la página cuando el espacio exterior reclama su protagonismo, dotando al jardín de una frescura casi selvática. Por el contrario, cuando descendemos al sótano, la ilustradora nos golpea con un alto contraste de rojos y negros, una combinación que acelera el pulso y subraya esa sensación de profundidad y misterio que el cambio de orientación del libro ya nos había sugerido.

Ese juego de densidades es otra de las claves de la obra. Pasamos de estancias abarrotadas, donde el ojo debe realizar un esfuerzo de «escucha visual» para no perderse en el detalle, a salas casi minimalistas donde apenas uno o tres personajes sostienen todo el peso de la narración. Es un alivio necesario que nos prepara para el clímax final: ese dormitorio bañado en azules, negros y morados. En esta paleta nocturna, Herba logra que el ruido se disuelva, transformando el barullo previo en una atmósfera de terciopelo que nos invita, dulcemente, a cerrar los párpados.

Al final, este recorrido por la Casa Ruidosa es, sobre todo, una provocación a la lectura activa. Cada rincón del álbum nos empuja a investigar los sonidos que habitan en los detalles, animándonos a producir nuestras propias onomatopeyas y a convertirnos, voz en grito o en susurro, en parte esencial de la obra. Es aquí donde ocurre el milagro de la lectura compartida: las letras, antes estáticas sobre el papel, se transforman en palabras que cobran vida al ser pronunciadas, recordándonos que somos nosotros —lectores y niños— quienes afinamos esta orquesta de papel. Al cerrar el portón, nos queda el eco de lo vivido y la certeza de que, en esta casa, el barullo no era más que la música de nuestra propia voz descubriendo el mundo.