Las diminutas aventuras de Abril vol. 1
Atolonia (texto e ilustraciones): Las diminutas aventuras de Abril vol. 1. Magia en el prado. Edebé, 2025, 88 páginas.

Hay algo que une a la infancia con los bichos: la capacidad de encontrar un mundo donde los adultos apenas vemos un pequeño insecto, una seta o una piedra. Los niños imaginativos no necesitan grandes escenarios para vivir grandes aventuras. Les basta con detenerse, observar y dejar que su curiosidad haga el resto. Allí donde nosotros vemos algo insignificante, ellos pueden descubrir una historia, inventar personajes y abrir la puerta a mundos que van mucho más allá de lo que alcanza la vista.
Un niño sano es espontáneo, ruidoso, inquieto, emotivo, colorido.
Alaya difundiendo infancia
No esperes lo contrario
Abril es precisamente así. Una niña espontánea, ruidosa, inquieta, emotiva y colorida. Una niña que vive con intensidad, que presta atención a los pequeños detalles y que encuentra en ellos la posibilidad de descubrir algo extraordinario. Porque la infancia no necesita que la realidad sea extraordinaria para vivir aventuras; necesita poder mirarla con curiosidad, explorarla e imaginar todo aquello que todavía no alcanza a ver.

En Las diminutas avventuras de Abril. Magia en el Prado, Atol-Onia nos invita a acompañar a Abril durante unos días en casa de su abuelo. Allí, los bichos se convierten en protagonistas de unas pequeñas aventuras en las que la realidad y la imaginación parecen confundirse. El autor no nos desvela si lo que le sucede a Abril ocurre realmente o si nace de su capacidad para imaginar otros mundos. Y quizá ahí reside parte del encanto de la historia: en permitirnos acompañarla sin necesidad de decidir dónde termina lo que sucede y dónde empieza lo que imaginamos.
Hay varias cosas que me gustan de esta obra. La primera es que su protagonista sea una niña y que sus aventuras sucedan en un entorno cercano, alrededor de la casa de su abuelo. También me gusta que los bichos estén humanizados sin dejar de ser bichos. Tienen características propias, reconocibles, y no necesitan abandonar su naturaleza para formar parte de la historia. La imaginación del autor no consiste en convertirlos en otra cosa, sino en permitirnos mirar de otra manera lo que ya son.

Otra de las virtudes del cómic está en su estructura. Aunque no se divide formalmente en capítulos o episodios, los encuentros de Abril con los distintos personajes —el abuelo, las mariposas, la mariquita, el caracol, la oruga, el pájaro y otros insectos, hasta llegar a la familia— permiten establecer pequeñas unidades de lectura. Esto resulta especialmente interesante para quienes comienzan a leer sus primeros cómics.
Al estar escrito en letra mayúscula, Magia en el Prado puede necesitar muchas pausas. Esos encuentros ofrecen momentos naturales para detenerse, dejar la lectura y retomarla más adelante. No hace falta leerlo todo de principio a fin en una sola sesión: podemos acompañar a Abril durante unas pocas páginas y volver a sus aventuras cuando nos apetezca. La pausa no tiene por qué ser un obstáculo para la lectura; también puede ser una forma de acompañarla, respetando el ritmo de cada lector.

En el apartado gráfico encontramos rasgos muy presentes en el trabajo de Atol Onia. Los trazos oscuros delimitan personajes y figuras, les dan forma y ayudan a distinguirlos dentro de las escenas. Junto a ellos, la acuarela adquiere un gran protagonismo, aportando color y textura a un universo que parece encajar con la mirada curiosa de Abril. El resultado acompaña esa mezcla de lo cotidiano y lo extraordinario que atraviesa la historia, sin que los bichos pierdan su identidad ni su naturaleza.
La historia mantiene su interés de principio a fin y deja con ganas de seguir descubriendo nuevas aventuras de Abril. Porque, cuando una protagonista consigue que miremos con curiosidad aquello que nos rodea, cerrar el libro no significa que se haya terminado la aventura. Al contrario, nos entran ganas de volver a encontrarnos con ella en los próximos volúmenes de estas diminutas aventuras.

Estar abiertos a la vida es, en buena medida, aprender a mirar. Detenernos ante aquello que normalmente pasa inadvertido, dejarnos sorprender por un bicho, una forma o un movimiento y permitir que nuestra imaginación haga el resto. Abril nos recuerda que no necesitamos ir muy lejos para encontrar una aventura, sino mantener viva la curiosidad por lo que nos rodea.
Crecer no consiste en dejar de imaginar otros mundos, sino en aprender a descubrir cuántos de ellos estaban ya delante de nuestros ojos.
























¡Muchas gracias por la reseña!
La verdad es que habéis dado en el clavo. Mi intención con estos cómics es llamar a la aventura y descubrir lo extraordinario en lo ordinario. Un abrazo a todos los lectores y lectoras de Literatil.