Cosas con plumas

Cosas con plumas

Jorge Luján (texto) y Mandana Sadat (ilustraciones): Cosas con plumas. Kókinos, 2006, 32 pp.


Hace varios años, en una Feria del libro de Madrid, me acerqué a la caseta de Kókinos y conversé un rato con la persona que estaba ahí atendiendo. Era una hora poco concurrida y pudimos charlar un rato sobre el catálogo de la editorial. Le pedí que me hiciera una recomendación personal, que me mostrase una obra que le gustase particularmente y me puso este libro en las manos.

No trató de explicármelo, simplemente me lo dio. Por cuestiones de presupuesto finito, esa vez no lo compré, pero hace poco ha llegado a mis manos y he podido volver a tener la misma sensación. Cosas con plumas me ha dejado tranquila, con cierto poso de felicidad (esa felicidad pacífica, no eufórica). No sabría describir exactamente qué pasa en sus páginas, pero puedo hacer un intento: hay dos personajes (¿infantiles?) que vuelan por la hoja y se saludan, se hablan, intercambian ideas y sentimientos. Se encuentran varias veces a lo largo del libro y parecen no reconocerse del todo, pero se intuyen. O quizás simplemente están tranquilos al encontrarse un extraño.

No hay una historia clara, no esperen un hilo narrativo que seguir para entrar por un lado y salir por el otro. Pero hay instantes, interacciones, palabras. La conversación no es extensa pero parece estar cargada de significados que el lector tiene que ir construyendo (o no). Las ilustraciones construyen un ambiente onírico pero a la vez muy terrenal en alguna doble página. Son estéticamente atractivas, plantean contrastes, texturas, se perciben técnicas diversas. El caso es que una puede imaginarse a Mandana Sadat disfrutando de lo lindo al hacer estas planchas.

«Oshi» dice un personaje y «oshi» le contesta el otro». «Aliúk» por aquí y «aliúk» por allá, unas hojas más adelante. Mi mente adulta decide que se han saludado y, tras el intercambio de tesoros, se han dado las gracias. ¿O se han despedido?

Se trata de una obra particular, muy especial. Está cargada de ambigüedad, el espacio en blanco que se deja al lector para rellenar puede parecer incluso más amplio que las pistas que se le ofrecen. Puede gustar o no, yo he ido y venido varias veces entre cubierta y cubierta (revisen las guardas, por cierto); pero la verdad es que es una obra que merece ser ojeada sí o sí si se la encuentran en una estantería. Ojalá la vida efímera de los álbumes haya concedido unos años más de margen a Cosas con plumas y todavía sobreviva en circulación.

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