parchis maria giron

Parchís

María Girón (texto e ilustraciones): Parchís. Libros para soñar. Pontevedra: Kalandraka, 2026, 36 páginas

El juego es, quizá, la forma más seria que tiene la infancia de aprender a estar en el mundo. En el juego se ensayan los afectos, los desacuerdos, las reconciliaciones; se inventan reglas y también se rompen, se prueba la lealtad y se aprende a pedir perdón. Por eso la amistad que nace jugando tiene una raíz honda y luminosa. Es esa certeza íntima de que hay alguien a quien iríamos a buscar hasta el fin del mundo, alguien que nos entiende sin demasiadas explicaciones, que nos sostiene cuando tambaleamos y que, con la misma honestidad, sabe decir “hasta aquí” cuando hace falta. En la niñez, esa suerte de territorio libre donde el tiempo parece infinito, las amistades no brotan de vernos iguales, sino de compartir tardes, secretos y aventuras; se tejen en la diversidad, se enriquecen con las diferencias y crecen al calor de una pelota que rueda, de una vereda que se vuelve pista de carreras o de un árbol que es nave espacial. Y en ese paisaje afectivo, el barrio ocupa un lugar sagrado: los amigos del barrio, la pandilla de juegos, esa pequeña comunidad que convierte cada esquina en un universo propio y cada regreso a casa en la promesa de volver a encontrarse al día siguiente.

En Parchís, la pandilla es el corazón que late en cada página. El juego no es solo un pasatiempo: es el lenguaje con el que se dicen “te quiero”, “te extraño”, “aquí estoy”. Estar juntos es una elección cotidiana, una forma de cuidado. Cuando uno no aparece en la esquina de siempre, la ausencia pesa y la preocupación moviliza; buscar al amigo es tan importante como encontrarlo. Porque en esta historia, valorarse también es eso: notar cuándo falta alguien, celebrar cuando vuelve, reconocer lo que cada cual aporta al grupo.

Son cuatro amigos del mismo barrio —Gata, Coneja, Pato y Tejón— y cada uno llega al encuentro con algo para compartir, como si la amistad también se preparara en casa. Gata lleva la leche, tibia y generosa; Coneja ha horneado un bizcocho que perfuma la tarde; Pato sueña con tocar el ukelele junto al fuego cuando caiga el sol; y Tejón propone una partida de parchís para que la risa y la competencia sana hagan lo suyo. Lejos de competir, disfrutan sus talentos y potencian sus diferencias; descubren que la verdadera fuerza de la pandilla no está en parecerse, sino en complementarse. Como en el juego que da nombre al libro, avanzan cuando se animan a tirar los dados juntos, cuando esperan su turno y cuando celebran que todos, tarde o temprano, llegan a casa.

La estructura que propone María Girón es, además, uno de los grandes aciertos del álbum. Se trata de una construcción cíclica, casi musical: en cada doble página se repite la misma “receta”, el mismo andamiaje narrativo, pero cambian los ingredientes. La historia avanza por suma, parte a parte, como si cada amigo añadiera su propio sabor a un guiso común que nunca deja de transformarse.

A partir del episodio de Gata, el lector atento puede anticipar el mecanismo: ya conoce el ritmo, la cadencia, el modo en que se organiza la escena. Solo necesita descubrir cuáles serán los nuevos ingredientes para completar el episodio siguiente. Esa repetición con variaciones no empobrece; al contrario, genera complicidad. Invita a participar, a adelantarse, a jugar con el texto y las imágenes. Como en el propio parchís, sabemos las reglas, pero cada tirada —cada aporte de Coneja, Pato o Tejón— introduce una novedad que mantiene viva la expectativa y convierte la lectura en una experiencia compartida.

En el plano visual, el trabajo de María Girón sostiene y amplifica todo lo que la historia propone. Sus personajes son animales humanizados, sí, pero nunca caen en la caricatura fácil ni en el trazo infantilizado. Hay en ellos un respeto por el realismo —en las proporciones, en los gestos, en la manera de habitar el espacio— que les otorga verdad. Y, al mismo tiempo, un delicado toque de humanidad en las miradas, en las posturas compartidas, en los pequeños detalles cotidianos, que permite al lector reconocerse. No son figuras exageradas para provocar ternura inmediata; son presencias sensibles que transmiten emoción desde lo sutil. Esa combinación entre naturalismo y calidez poética hace que cada escena respire autenticidad y que la amistad que vemos no parezca inventada, sino vivida.

Como en el parchís, la amistad avanza cuando cada uno pone lo suyo y nadie se queda sin llegar a casa