Los Explora Gómez vol. 1
Teresa Blanch (texto) y Jose Ángel Labari (ilustraciones): Los Exploragómez 1. En busca del templo perdido. Barcelona: Montena (Penguin Random House), 2026, 96 páginas.

¿Es posible capturar la adrenalina de una cuenta atrás televisiva entre las páginas de un libro? A menudo buscamos en la lectura un refugio de calma, pero hay obras que nacen con la vocación del movimiento; libros que no se leen, sino que se corren.
En esta propuesta de Teresa Blanch, nos alejamos del formato del álbum para adentrarnos en una aventura vibrante dirigida a lectores a partir de siete años que reclaman acción, ingenio y, sobre todo, ritmo.
La trama nos lanza al centro de un plató. Dos familias enfrentadas en una carrera hacia un templo perdido representan mucho más que una simple competición; son dos caras de la vida. Por un lado, los Exploragómez, que encarnan la curiosidad y el disfrute del camino; por otro, los Trampantojo, cuya obsesión por la victoria los lleva a intentar boicotear el avance ajeno.
Esta dualidad permite al joven lector reflexionar, entre zancada y zancada, sobre qué es más importante: si el trofeo final o la integridad de quienes lo persiguen.

No es casualidad que el ritmo de la narración funcione con la precisión de un reloj. Blanch y Labari son los artífices de la exitosa colección «Los Buscapistas», y esa veteranía en el manejo del suspense para primeros lectores se siente en cada página.
Sin embargo, aquí el planteamiento visual da un giro interesante. Tras una portada vibrante y colorida que actúa como el neón de un estudio de televisión, el interior nos recibe con una sobriedad estratégica. Las ilustraciones de José Ángel Labari renuncian a la paleta cromática para entregarse a los negros y grises.
No estamos ante una ilustración que busque el protagonismo absoluto o el decorativismo; el trazo de Labari se funde con el texto de Blanch en una simbiosis perfecta. Esta homogeneidad visual ayuda a que la vista no se detenga innecesariamente, favoreciendo esa sensación de flujo constante y velocidad que la historia requiere.

Aunque el relato es lineal, el libro rompe la pared del papel para interpelar directamente a quien lo sostiene. En momentos clave, la narración se detiene para pedir auxilio: laberintos y acertijos que el lector debe resolver para que los protagonistas consigan su billete y continúen el viaje.
Es una invitación a la participación activa que convierte al niño de siete años en un miembro más de la expedición, demostrando que leer, en el fondo, es otra forma de explorar templos perdidos sin levantarse de la silla, pero con el corazón latiendo a mil por hora.
























