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La artista

Ed Vere (texto e ilustraciones) y Alicia Rodríguez (traducción): La artista. Barcelona: Coco Books, 2025, 32 páginas.

¿Qué lugar ocupa una criatura prehistórica en medio del asfalto y la prisa? En este libro, los artistas no son personas comunes; son dinosaurios. Una metáfora visual tan brillante como conmovedora sobre la incomprensión, la resistencia y esa llama interior que nos hace parecer extraños en un mundo que ha olvidado cómo mirar.

Decía Pablo Picasso que todos los niños nacen artistas y que el verdadero problema es cómo seguir siéndolo al crecer. Este libro es, en esencia, una respuesta a ese dilema; un elogio vibrante no tanto al arte como objeto, sino a la resistencia de quienes deciden mantener viva la llama. Sostener ese fuego en la edad adulta es un acto de valentía que requiere proteger la mirada frente al ruido externo e interno.

La obra nos sumerge en la mente de La Artista, una «cabeza llena» de asombro donde la infancia no es una etapa que se abandona, sino un equipaje de colores y experimentos que ella se atreve a cargar durante todo su viaje. Mantener esa llama encendida es lo que le permite captar la belleza del mundo que al resto, por nuestra ceguera apresurada, se nos escapa entre los dedos.

Desde las primeras páginas, la propuesta visual nos sitúa en un lugar fascinante: La Artista es un dinosaurio. Lo es ella y lo es su familia, estableciendo desde el nido que la sensibilidad artística es una herencia de identidad, una naturaleza propia. Sin embargo, este rasgo que en la infancia es puro juego, se convierte en el motor de la incomprensión al crecer. El tránsito hacia la madurez se representa como un viaje por un mar tenebroso hacia la gran ciudad, hacia lo desconocido.

Es allí, entre el asfalto y las prisas, donde la metáfora alcanza su cénit: los artistas son criaturas anacrónicas, seres de otro tiempo que caminan lento entre gente que corre. El contraste se vuelve deslumbrante hacia el final de la obra, en esa imagen de los rascacielos donde conviven la escala humana y la escala monumental del dinosaurio. Pero es precisamente esa «anomalía» la que salva a la ciudad. Cuando La Artista abre su hueco y empieza a pintar «sus cosas», el mundo se detiene. La gente, en su ajetreo, encuentra en el arte de esta dinosaurio un ancla: una invitación a bajar el ritmo y ver, por fin, el mundo a través de sus ojos.

Pero incluso en este éxito, el riesgo persiste. Las guardas del libro, teñidas de un gris oscuro y denso, nos susurran lo que ocurre cuando la llama flaquea. En el momento en que La Artista se sale de la línea y lo siente como un fracaso personal, el color huye. Es la representación física del «ruido interno«, de ese instante en que la incomprensión del mundo cala en el creador.

Y es ahí donde el libro nos regala su lección más valiosa: el fracaso no es una extinción, sino una experiencia de aprendizaje. Para volver a prender la llama, a veces solo hace falta el aliento de otros que reconozcan nuestra luz.

Esta obra es un recurso invaluable para hablar con los niños (y con nosotros mismos) sobre:

  • La diferencia como valor: No encajar no es un error, es un superpoder creativo.
  • La empatía hacia el creador: Entender que detrás de cada obra hay alguien que ha cruzado un mar tenebroso para compartir su visión.
  • La resistencia cultural: La importancia de proteger a nuestros «dinosaurios» —nuestros artistas— para que el mundo no se vuelva un lugar monótono y gris.

Al cerrar el libro y volver a tocar ese gris de las guardas, nuestra mirada ya no es la misma. Al mirar con más detenimiento, descubrimos a La Artista reconociendo el arte incluso en la oscuridad: pintando aves a la luz de la luna, rodeada de otros animales que comparten su silencio. El gris ya no es un final, sino el barbecho necesario para el siguiente color; un recordatorio de que la luz no solo existe bajo el sol, sino que se puede crear en la penumbra.

Una lectura imprescindible para proteger al artista que fuimos y fortalecer al que, a pesar de la prisa y el juicio, sigue decidiendo arder en medio de la ciudad.