Caballito
Luciana Feito (texto e ilustraciones): Caballito. Colección Cosecha propia n º 25. Barcelona: Pastel de luna, 2025, 40 páginas

Vivimos en un contexto donde el juego infantil parece estar cada vez más invadido por la hiperestimulación, las pantallas y los objetos altamente estructurados. A menudo nos encontramos con juguetes que dirigen la acción, marcan las normas o exigen un uso concreto, relegando a los niños y niñas al papel de espectadores de lo que el propio objeto propone. Frente a esta tendencia que restringe el desarrollo de la imaginación y el juego simbólico, se hace imprescindible volver a situar la iniciativa en la infancia: ofrecerle la libertad de decidir qué hacer, cómo transformar su entorno y qué historias construir.

Un ejemplo perfecto de esta filosofía se plasma en el álbum ilustrado Caballito, escrito e ilustrado por Luciana Feito (Editorial Pastel de Luna). En sus páginas nos encontramos con una protagonista de expresividad entrañable: una niña de pelo negro liso en dos coletas con lazos verdes, camiseta de cuadros rosas, pantalón oscuro y botas de agua amarillas. Destaca en ella una marcada hipertrofia en las proporciones de la cabeza frente al cuerpo; un recurso gráfico que no solo aporta ternura, sino que enfatiza que su universo habita, sobre todo, en su rica mente y percepción.
La historia transcurre entre la ciudad y el campo durante los fines de semana. En el entorno rural, cuando la madre se retira a descansar, la niña declara con decisión su independencia:
«En el campo mamá duerme la siesta.
Yo no»
y sale en busca de su «caballito». En este punto, la narración abre de par en par el portal del juego simbólico. El elemento catalizador no es un juguete sofisticado, sino un objeto simple e indeterminado: una humilde escoba de madera con cuerdas. Es el propio material abierto el que se pone al servicio de la fantasía para cruzar lugares secretos, organizar meriendas y convertir cualquier imprevisto —o miedo— en motivo de diversión.

El estilo de ilustración resulta decisivo para sostener esta atmósfera. Luciana Feito emplea un trazo suelto y abocetado, cercano a la textura vibrante de las ceras o lápices de colores, que evoca la espontaneidad del propio dibujo infantil. Además, la autora altera de forma deliberada las escalas y proporciones del entorno: las hierbas, flores y plantas crecen de manera desmedida, envolviendo a la pequeña y transformando el prado en una auténtica selva de exploración donde «siempre hay cosas por descubrir». Las salpicaduras de barro y el movimiento gestual comunican una energía física desbordante al galopar.

El gran acierto narrativo llega al finalizar la siesta materna: lejos de romper el hechizo o imponer la vuelta al orden adulto, la madre se suma al juego galopando también. Este detalle desvela una dimensión profunda e intergeneracional: la pequeña está heredando la experiencia de juego libre que su madre habitó en ese mismo espacio durante su infancia. El viaje al campo se revela así como un rito familiar fundamentado en el juego respetado y compartido.

Caballito nos recuerda que los mejores objetos para crecer no son aquellos que lo explican todo, sino los que dejan espacio para imaginar, experimentar y transitar la vida a través del juego libre.























