Bigudí
Delphine Perret (texto), Sébastien Mourrain (ilustraciones) y Delfina Cabrera (traducción): Bigudí. Barcelona: Limonero, 2026, 40 páginas

En Bigudí nos adentramos en una inmensa ciudad anestesiada por la monotonía del lápiz de grafito. El entorno luce predominantemente gris de día y azul de noche. Sin embargo, la vida brota en forma de destellos cotidianos teñidos de un mismo tono. Vemos el amarillo vibrante de los taxis, las patas de un taburete y las luces de la peluquería. También destaca en los embutidos de la carnicería, la furgoneta de food truck o las cajas de zapatos. En ese mapa de luces amarillas habita nuestra protagonista, la anciana Bigudí. Su único ancla con la realidad es la entrañable rutina que comparte con su perro Alfonso.

Lamentablemente, esa estructura salta por los aires el día en que Alfonso, cada vez más viejo, da su último suspiro. Al quedarse sin su fiel compañero, Bigudí inicia un repliegue paulatino. Primero deja de relacionarse con la gente. Después abandona sus paseos habituales. Finalmente termina clausurando su existencia entre las cuatro paredes de su casa. De este modo, el duelo se convierte en un aislamiento voluntario donde el mundo exterior deja de existir.

Por suerte, el punto de inflexión llega de la forma más inesperada. Un limpiacristales desciende limpiando la fachada y la saluda al verla a través del cristal. En ese momento, Bigudí se percata de que el operario tiene restos de comida en la cara y siente el impulso de avisarle. Por lo tanto, abre la ventana para decírselo y se acerca a él. Justo en ese gesto tan humano, tropieza, cae al vacío y va a parar directamente sobre la plataforma colgante del trabajador.

Ese tropiezo involuntario ocurre con absoluta literalidad. Como resultado, la anciana queda suspendida en el aire, entre el cielo gris y el pulso amarillo de la ciudad. A bordo de esa plataforma, Bigudí salva la vida y se ve obligada a mirarla de frente otra vez. Así es como reconecta de manera consciente con el mundo que la rodea.

Delphine Perret y Sébastien Mourrain logran un libro ilustrado delicado y conmovedor. Nos recuerdan que, a veces, para volver a habitar la realidad solo hace falta un pequeño e inesperado impulso que nos obligue a mirar fuera de la ventana.























