Pueblo frente al mar

Pueblo frente al mar

Joanne Schwartz (texto) y Sydney Smith (ilustraciones): Pueblo frente al mar. Barcelona: Ekaré, 2019, 52 pp.

 

 

La portada de esta obra invita a que la mente vague hasta la costa, que se siente con el niño en el tejado de la casa y que disfrute de esa vista tan hermosa y tan embriagadora. Una gran parte de las hojas de esta historia mantienen ese hechizo: dobles páginas asomadas sobre el mar y coloreadas con una paleta de tonalidades que van cambiando con las horas del día (muy difícil decidir cuál es más linda). También muestran escenas cotidianas en este contexto, llenas de luminosidad y de frescura, con columpios al borde de un acantilado o un cementerio al que llegan las gotas de agua salada cuando las olas rugen embravecidas.

Este panorama embriagador se intercala con otro mucho más sombrío, muchísimo más oscuro y, sin duda, bastante más aterrador. Bajo el manto azul que baña las costas del pueblo hay una mina de carbón, a la que el padre del protagonista acude cada mañana. El texto no se recrea en las durísimas condiciones de los trabajadores, no entra a explicar el contexto (salvo en un párrafo que se añade al final de la obra para dar algo más de información sobre las minas de carbón en Canadá, Gran Bretaña y Chile). Sin embargo, el lector se encuentra cada poco con una doble página casi enteramente tiznada de negro, con una pequeña franja horizontal en la parte de abajo que muestra la galería y a las personas que allí están trabajando. Todo ello acompañado siempre por las mismas palabras:

Y allá, bajo ese mar, está mi padre.

En la oscura galería, cava y saca carbón.

Es la historia del hijo de un minero, cuya existencia está tremendamente marcada por el mar: fuente de vida, de colores, de matices, pero al mismo tiempo también ingente y amenazante masa de agua que reposa sobre las cabezas de su padre y de sus compañeros. Se percibe una relación ambivalente, de amor y respeto, de cercanía y desconfianza. El protagonista comparte con nosotros su vida y sus rutinas diarias, contadas con la inocencia de un chaval de su edad: los juegos con sus amigos, los recados a la tienda del pueblo, las visitas al cementerio para saludar a su abuelo. Pero en el ambiente (¿en las palabras?, ¿en las imágenes?, me sale decir que en el aire…), se percibe una madurez y una conciencia que no imagino en mi propia infancia, por ejemplo. Hay un toque de resignación, particularmente en la última doble página, que cierra con una vista nocturna de la costa, fotografiada desde el mar, y salpicada por las palabras «Soy hijo de minero. En mi pueblo, es así».

Las ilustraciones compaginan diversas técnicas que logran generar una atmósfera muy acorde a la historia que se está construyendo. Brochazos de acuarela y de tinta difuminan los contornos en los paisajes, mientras que dentro de la casa los elementos cobran algo más de nitidez. Las autoras juegan con el ritmo de la narración intercalando dobles páginas que hacen que el lector tenga que sentarse durante unos segundos en el porche con vistas al mar para disfrutar de la puesta de sol, con escenas más pequeñas y veloces que acompañan al niño en sus peripecias por el pueblo.

Pueblo frente al mar es una obra visualmente muy linda que maneja bien el difícil equilibrio de una vida llena de belleza y frescura, combinada con una constante sensación de pesadumbre. «Y allá, bajo ese mar, está mi padre. En la oscura galería, cava y saca carbón».

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